12/07/2026
 Actualizado a 12/07/2026
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No suele comentarse una película a partir de sus títulos de crédito, pero en ‘Enzo’ –que termina con una fórmula insólita: «una película de Laurent Cantet, dirigida por Robin Campillo»– hacerlo parece casi una obligación. Cantet, que llevaba casi una década preparando el proyecto, murió de cáncer pocas semanas antes del rodaje. Fue entonces cuando Campillo, amigo, montador y coguionista de buena parte de su filmografía, decidió concluir la película respetando al máximo el deseo y el estilo de quien ya no podría filmarla. ‘Enzo’ nace así de un gesto poco frecuente en el cine: convertir la autoría no en una cuestión de propiedad, sino de amistad y fidelidad. Quizá por eso la película conserva intacto ese humanismo tan característico de Cantet, al tiempo que incorpora algunas de las preocupaciones que han atravesado el cine de Campillo: la exploración del deseo y de las identidades sexuales, presente en ‘Chicos del Este’ (2013) y ‘120 pulsaciones por minuto’ (2017), junto a una mirada profundamente política sobre la desigualdad y los conflictos de clase, que le valieron a Cantet en 2008 la Palma de Oro en el Festival de Cannes por ‘La clase’.

En ‘Enzo’, el protagonista es un adolescente de familia burguesa que ya no quiere habitar la clase social a la que pertenece. Una escena lo resume con precisión: cuando pregunta a su madre cuánto gana, ella responde con absoluta naturalidad que, como ingeniera, cobra más de seis mil euros al mes, mientras que su padre gana «un poco menos, pero no mucho menos». Viven en un enorme chalet con vistas al Mediterráneo, protegido por una piscina que funciona casi como un foso simbólico frente al resto del mundo. Enzo ve en sus padres el espejo de aquello que no quiere llegar a ser, en un gesto profundamente adolescente: las figuras paternas contribuyen a la construcción de nuestra identidad no solo por imitación, consciente o inconsciente, de aquello que admiramos, sino también –y quizá ante todo– por rechazo de aquello que representan. Por eso Enzo no quiere ser ingeniero, sino albañil, un oficio para el que no está preparado, que le llena las manos de llagas y lo enfrenta por primera vez a una realidad completamente ajena a la comodidad en la que ha crecido.

Es allí donde conoce a Vlad, un joven obrero ucraniano que ha tenido que abandonar su país a causa de la guerra. En Vlad, Enzo no descubre únicamente un objeto de deseo, sino una forma distinta de habitar el mundo. Admira su fortaleza, su autonomía, la dureza de unas manos acostumbradas al trabajo; una masculinidad construida lejos de los privilegios de clase que él intenta dejar atrás. El deseo que siente hacia él nace precisamente de esa superposición de planos: es al mismo tiempo atracción amorosa, fascinación por una clase social distinta y búsqueda desesperada de una identidad propia. Enzo no sabe todavía quién quiere ser, pero sí intuye quién no quiere seguir siendo y, sobre todo, a quién le gustaría parecerse. Todo queda condensado en un único e ilustrativo movimiento de cámara con el que Campillo filma primero a los adolescentes bañándose y jugando despreocupadamente en la playa. Después eleva lentamente la cámara mostrando el cerro que se alza sobre el mar, devenido en metáfora de la ardua ascensión que aún les queda a todos por recorrer. En ese desplazamiento vertical no solo queda expresado el sentido de la película, sino el movimiento mismo de la vida de todos.
 

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