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Envidia a la búlgara

20/12/2025
 Actualizado a 20/12/2025
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Mi costumbre por estas fechas es escribir una columna que hable de acebo, de muérdago, de turrón. Soy navideña, nací en Nochebuena y eso marca mucho. Atisbar la primera luz escuchando una zambomba te convierte de por vida en mujer-cascabel, pero por más que mis intenciones sean buenas, no puedo aislarme en una burbuja de champán y fingir. Me preocupan mi país y sus derivas.

Es cierto que la corrupción es un mal que parece inevitable, algo intrínseco al género humano y como tal hemos decidido aceptarlo los españoles. Quizás pensamos que si nos viésemos en la misma circunstancia que las cúpulas de gobierno haríamos lo mismo que ellos hacen, pero hemos llegado a tal nivel de putrefacción que leer las noticias a diario no hace más que recordarme los versos de Quevedo: «…y no hallé cosa en que poner los ojos/, que no fuera recuerdo de la muerte». ¡Ay, esa patria mía, nuestra, ya desmoronada! 

Nos duele España, al menos nos duele a todos los ciudadanos de bien que trabajamos cada día para levantarla, para dejar un país mejor a nuestros hijos, pero hay daños irreparables, difícilmente perdonables, como el hecho de que se haya robado a cuatro manos durante la pandemia, mientras tantas personas luchaban por sobrevivir y otras perdieron la vida. Lo mismo podríamos decir de los que aprovecharon para hacer botín en Paiporta quedándose con parte de las donaciones y no menos terrible podría ser el hecho, de ser cierto, de comprobar que nuestros dirigentes se hayan enriquecido con el oro y el petróleo de Venezuela, aprovechándose del sudor y el patrimonio de ese pueblo secuestrado por una narcodictadura.

En muchos países la Generación Z ha empezado a rebelarse. En Bulgaria derrocaron a su gobierno corrupto. Qué envidia me dan. En México, Marruecos y Madagascar, también han salido a las calles reclamando medidas urgentes. Chicos, tengo fe en vosotros. ‘Pa’ luego’ es tarde. Esta chusma a su casa. Feliz Navidad.

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