Hoy, conste, no me es fácil enfrentar la redacción de este texto semanal. Por vez primera siento su escritura como una obligación. Y ello, aun a sabiendas de que tal no es. Pues más bien es -así la tuve y supe, tengo y sé, y tendré y sabré- una gracia que nada más tiene de imperativo que la exigencia moral o ética por la que mi libre voluntad la guíe.
Quizá la causa sea el dolor y abatimiento ante tanta muerte injusta, imprevisible. Muertes que nuevamente, y cómo bien escribió y enseñó en su día el poeta Félix Grande, nos recuerdan que «Tal como están las cosas / tal como va la herida / puede venir el fin / desde cualquier lugar», en cualquier momento, cualquier día. Mas pronto el hombre irá amainando la aflicción y haciendo caso omiso del poeta y volveremos a nuestra falsa y cotidiana eternidad, a nuestra soberbia divinidad de pies de barro. Volveremos a ser hiena y lobo para el hombre, nuestro igual. Volveremos a contemplar injusticias a cualquier distancia y todo esfuerzo no irá a su enmienda, sino a la búsqueda de un culpable que nos sea ajeno.
Noto los aires, el político y el común o ciudadano, como viciados, por no decir envenenados de dogmatismo y, por ello, carentes de buenas formas o civismo. Echo de menos la mesura y el sosiego en las declaraciones y relaciones de civilidad. Echo de menos la dialogada argumentación en contra o a favor de cualquier hecho o idea. Porque digo yo que: ¿no seré el único que percibe la insolidaridad, la animadversión, el odio campando por sus respetos, doquier?, ¿el único que cada día ve cómo los adversarios se tornan en enemigos?, ¿el único que ve incrementarse la utilización de ofensas e insultos y mermar, cuando no desaparecer, el uso de razones y argumentos?, ¿el único harto hasta la náusea de todo ello? No lo creo, aún sería peor, aún sería causa de mayor tristeza y pesadumbre, aún vería más menguada la esperanza, aún más lejano el alcance de cualquier utopía.
No, no debemos, no podemos permitir que ningún falso profeta de acá, de allá y de acullá, convierta las alegres y anchas alamedas por donde pasa el hombre libre en calles de la amargura. No, no podemos, no debemos olvidar nuestra triste, oscura, golpeada historia, nuestros orígenes, los de todos, los de acá, los de allá y, cómo no, los de acullá. No podemos, no debemos correr el mínimo riesgo de repetirla, duele tanto aún.
Mas no se enoje nadie, acaso solo sea que en mi poca memoria, «Bien lo sabéis...», aún perduran algunos versos de Blas de Otero.
¡Salud!, y buenos días hagamos
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