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Entre lo vital y lo trascendental

21/06/2026
 Actualizado a 21/06/2026
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La reciente visita del papa León XIV a España nos ha hecho reflexionar –al menos a quien suscribe– tras sus discursos sobre lo vital y lo trascendental. Siendo ya la vida un parco transcurso en quienes andamos en la última curva del camino, nos invade saber si hay algo más después de la muerte, o es un simple final absoluto sin ninguna trascendencia. 

Volviendo a lo terrenal, las alocuciones papales en el Congreso pusieron en pie a todos los diputados dando lugar a enfervorizados, unánimes y duraderos aplausos. No obstante, los salidos de escaños ocupados por afiliados a Vox no estuvieron exentos de hipocresía, a juzgar por el contraste entre las ideas abiertas expuestas por el pontífice y las cerradas que esgrime a diario –incluso a palos (vid. Torre Pacheco, en Murcia)– contra los inmigrantes el extremismo xenófobo de la ultraderecha.

La caída del absoluto divino es un producto intelectual del siglo XIX que dio un nuevo giro al sentido de la muerte humana. Ludwig Feuerbach, discípulo de Friedrich Hegel, proclamará que, abolido Dios, el hombre será el fin del hombre. Auguste Comte pretenderá suprimir a Dios para mayor gloria del catecismo positivista. Friedrich Nietzsche proclamará sin rodeos la muerte de Dios en la civilización occidental, el nacimiento del superhombre y la eternidad del instante en un tiempo circular o de eterno retorno. Otro discípulo de Hegel, Carlos Marx, y luego anarquistas y comunistas, intentarán acabar con la sociedad piramidal en la que el absoluto religioso es un narcótico para la redención económica y moral de los de abajo. Pensadores, escritores y poetas del optimismo decimonónico tenderán, pues, a suprimir a Dios, conscientes o inconscientes de colocar en los aposentos divinos variopintos absolutos como la historia, la ciencia, el progreso, etc. 

El problema es que esos variopintos investidos de divinidad están siendo mucho más efímeros que la divinidad suplantada. La ciencia o progreso, por ejemplo, muy pronto se ha revelado también en sus formas más negativas de destrucción como de creación; derivando, pues, tanto hacia lo positivo como hacia lo negativo. Como ha escrito Michael Foucault en su libro ‘Las palabras y las cosas’, el ser humano no es un ser eterno sino una invención reciente y perdurable, digo yo para bien y para mal.

A la muerte de Dios ha sucedido, pues, la plenitud de la ascendencia humana. Desterrados los amores y miedos celestiales, el hombre alcanza la mayoría absoluta. Pero, cuidado, este hombre orgulloso, sucedáneo glorioso de la caída de Dios, con el tiempo se está viendo como materia degradada y espíritu envilecido por continuos espantosos genocidios.

Como especie y como colectivo el hombre actual se ha revelado caduco y efímero, porque está inmerso en una civilización gastada y amenazada por grandes contradicciones, cuyos exponentes más preclaros son: la crisis de valores morales, la impersonalidad globalizada, la creación de devastadores medios técnicos de poder autodestructivo y la fiebre consumista que conlleva acciones irrefrenables y permanentes contra el medio rural donde habita y medio ambiente que respira. El ser humano ha ido «apagando» gradualmente sus aires de grandeza, y sus causas principales han sido: la desintegración del sujeto, la anulación del yo, la destrucción del individuo y la desagregación de la individualidad humana por la masa. Todas ellas constituyen y contribuyen a la negación del hombre, a su muerte en cuanto creador de valores. Y ya fuera de Dios y del hombre ¿qué? Esta es la gran pregunta y la gran incógnita del mundo en que vivimos.

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