Cuando alguien me pregunta el momento en que empezó mi relación con el periodismo, siempre echo mano de una anécdota muy representativa y de la que estoy especialmente orgulloso, por todas las derivadas que de ella se desprenden y que, a día de hoy, serían impensables. Y es que, desde muy temprana edad, antes de ir al colegio, quien les escribe y sus dos hermanas repartíamos más de un centenar de ejemplares de periódicos en bares, comercios, bancos y domicilios particulares de Valencia de Don Juan. Y así fue hasta que cumplí los 18 años y me fui a estudiar, curiosamente, Periodismo en Salamanca.
Por lo tanto, una posible teoría que explicaría mi amor por esta profesión es que, siendo niño, la tinta que teñía de negro mis dedos al repartir los periódicos traspasó la piel y, desde ese momento, el periodismo comenzó a correr por mis venas. Por esta razón, cada vez que veo que cierra un quiosco, víctima de la era digital, algo dentro de mí se estremece. No sé si esta sensación está causada por cierta nostalgia mal entendida, pero lo que es indudable es que cada vez que un quiosco echa el cierre, con él despedimos una forma de vivir y enterramos miles de historias a las que dio vida durante años. Se nos va un punto de encuentro donde el quiosquero y los clientes eran fieles a su cita. Y qué decir de ese vistazo rápido a las portadas de los periódicos del día para conocer, a través de sus titulares, lo que estaba ocurriendo al lado de casa o a miles de kilómetros.
En la última década, la venta de periódicos en papel se ha reducido en más de dos millones de ejemplares, lo que ha contribuido al cierre de no pocos quioscos. Sin embargo, paradójicamente, el algoritmo de Google y la inteligencia artificial pueden convertirse en aliados para que el papel no recupere su esplendor pasado, pero sí aumente su presencia y se convierta en un elemento diferenciador. Y es que, en los últimos meses, son muchos los medios digitales que han echado el cierre por el descenso repentino de visitas debido a estos factores, lo que ha provocado que algunos opten por potenciar sus ediciones impresas para dejar de ser esclavos de las plataformas tecnológicas.
Digamos que puede ser una vuelta a los orígenes, cuando se consumía información de calidad de manera pausada. Todavía es pronto para saber si estas apuestas de algunos grupos de comunicación se convertirán en tendencia dentro del sector, pero, si así sucede, los primeros beneficiados serán los quioscos que, a día de hoy, siguen levantando la trapa cada mañana, ofreciendo a todo aquel que pasa a su lado una ventana al mundo.