Hay una fuente infalible que avisa de la actualidad. Se presenta en los muchos escaparates de las muchas librerías que hay en León. Librerías que, por cantidad, parece que quisieran competir con la multitud de escritores que, cada día, asoman por entre las lindes de esta tierra, como queriendo convertirla en una especie local de biblioteca de Babel. Incluso te hacen sentir minúscula por no haber publicado un solo libro en tus algo menos de 30 años que, de pronto, casi hasta lucen largos.
Tras sus cristaleras, con ínfulas de distinción, se aparece el título –que bien podría ser El Título–, mirándote recalcitrante desde los pliegues que son sus mutaciones; sus réplicas. Son tantos y tan solo uno el que destaca, más allá de la frontera vidriosa, que no le es difícil subir un peldaño metafórico por encima de los demás. El escaparate te dice «es este» y él mismo te dice «soy yo» y tú ya únicamente puedes concluir que este que te dice que él es, es el que debe ser porque, si no, cuál.
Un día antes yacía escondido bajo una fría capa ataviada del logo de la librería en cuestión. Y tú, sabia de ti, supiste intuir de qué autor se trataba. El esfuerzo por mantener la incógnita hasta el siguiente amanecer no impidió que tú, petulante de ti, acertaras en la certeza de que la firma le correspondía a ese tal Pérez-Reverte cuyo discurso tan poco compartes, pero… Ay, ¡qué interesantes sus palabras cuando atañen a la literatura!
Al rato piensas que se conoce más a una persona por cómo habla de libros que por el color de la papeleta que echa en la urna. Confabulas pensando en que, quizá, el mundo sería otro, menos mezquino, si los poderosos debatieran más sobre letras que sobre quién desenfundó antes el dedo acusador. Después caes en la cuenta de que a ti misma te faltan las palabras de tanto ingerirlas, de que pocas veces sabes qué decir. De que ese es el colmo del periodista.
Pero nosotros, regidos por la imperante actitud mimética, no hablamos de literatura y no tardamos en desenfundar el dedo acusador. Buscamos siempre la culpa en el «hotro» por no querer ver la que domina tantas veces al «huno». Mientras tanto, la vida sigue entre palabras a las que les sobran las gentes y gentes a quienes nos faltan las palabras. La vida sigue y se avendrá el momento en que, tomos ya destapados y títulos ya prescritos, con la memoria ya destronada por el olvido y la tragedia pasada por la venidera, nos sorprenderá, tras el rumor vidrioso de las cristaleras, un nuevo libro que nos dirá «soy yo».