Podría ser una metáfora del enterramiento al que sistemáticamente se ve sometida esta provincia. Cuando no son unos, son otros, pero la palabra que tristemente empieza a asociarse con León es precisamente esa: entierro.
La cadena humana que tuvo lugar ayer parecía insuflar algo de vida a noticia tan luctuosa. Ante la amenaza inminente del enterramiento, apareció mucha gente dispuesta a evitar que se echen sobre las vías de la Feve las paladas definitivas del olvido y la desmemoria. Pues estas vías y estos trenes están en la memoria del transporte en esta provincia, incluso están en la memoria literaria. La cadena humana demandaba el respeto a las históricas conexiones ferroviarias de la capital con numerosos pueblos de la provincia, es decir, tenía un sentido evidentemente pragmático, pero también afloraba en la protesta un fuerte sentido emocional. Como en tantas cosas aquí: nos estamos acostumbrando a que las pérdidas que arden en el corazón del León contemporáneo supongan no sólo el fin de unos servicios, sino un daño a la dignidad, una humillación insoportable.
Muchos dirán que es inútil luchar contra las decisiones que ya han sido tomadas, o poco menos, en instancias más altas. Muchos dirán que no existe fuerza suficiente en esta provincia para revertir las más que habituales trabas a su progreso, vengan de donde vengan, pues sus orígenes suelen ser diversos. Pero no es cierto. No hay fuerza como la fuerza de la gente en la calle. Conviene no dar nunca la derrota por supuesta. Conviene no asumir lo inasumible. Tampoco las afirmaciones discutibles. Esa insistencia kafkiana en los problemas técnicos, ese gusto por el carpetazo administrativo rápido, creyendo que lo que se entierra no pugnará por aparecer de nuevo. Los hechos consumados son siempre una mala idea.
La demanda social expresada ayer sobre las vías es totalmente justa, y más en el contexto de una España interior que vive momentos difíciles. En una España en la que los trenes de alta velocidad vuelan gozosamente hacia la capital (bueno, a veces no tan gozosamente), todo hacia Madrid, todo por Madrid, nada sin Madrid, saltando hípicamente sobre las estaciones y las tierras olvidades, la defensa de este hermoso cordón de cercanías, interesante no sólo por la conexión tradicional con el norte, sino por su prolongación regional, adquiere todo el sentido. Y, desde luego, desde una perspectiva ecologista.
En varios países de Europa he escuchado lamentos por la supresión de vías de ferrocarril que se han convertido en vías verdes, en realidad, tristes recuerdos de antiguas conexiones que languidecieron en no pocas ocasiones por un exceso de pragmatismo político o por el olvido de los núcleos de población menos nutridos. Como debería suceder siempre en sanidad, no todo se tiene que explicar por el dinero. Los derechos de los pueblos deben respetarse. El desarrollo fulgurante de la alta velocidad, a pesar de los problemas surgidos de los últimos tiempos, no debería implicar la desaparición de servicios más domésticos o de los trenes de cercanías. Las redes de transporte no deberían obviar nuestro mundo rural, como si su único futuro fuera el olvido. Porque el olvido cubrirá la historia de este tren, si se le obliga a yacer, como un cadáver, a dos metros bajo tierra.
Pocas veces la palabra ‘enterrar’ significó tanto. Pocas veces explicó tantas cosas sobre lo que sucede aquí. Por más que arrecien calificativos como el de ‘victimistas’, o por más que campee el inoperante escepticismo con el que nos hemos autoinfligido siempre tanto daño, los datos demuestran, ‘velis nolis’, el arrinconamiento progresivo de esta provincia y la falta de una apuesta decidida por sus muchas posibilidades de desarrollo. Y lo cierto es que esa mirada esquiva, esa tendencia a ignorar a esta tierra, llega al mismo tiempo y desde varios lugares.
La pregunta es: ¿cuándo se pondrá León de verdad en marcha, más allá de los debates inanes y las discrepancias vanas? Porque este es sin duda un momento crucial. Este es un momento decisivo. La debilidad, como Trump nos demuestra cada día con su enloquecida deriva internacional (y también doméstica), suele terminar siempre en más y más humillación. Puede que esta manifestación ciudadana contra el soterramiento de las vías y el fin, en consecuencia, de la integración del ferrocarril en la ciudad, sirva de acicate para, de una vez por todas, acabar con tanta parálisis que al parecer nos viene impuesta sin mucho esfuerzo, y con la dócil aceptación del olvido y la desmemoria. Mucha gente lo expresó en verano, con parte de la provincia cubierta por las cenizas que nos dejaron en herencia los fuegos masivos, y así lo expresa ahora ante el pretendido entierro de las vías de Feve desde La Asunción, y ante la peregrina idea de colocar un autobús eléctrico para sustituirlas. Esta provincia tiene razones más que suficientes para unirse como una sola voz ante este memorial de agravios, de todo color y toda consideración, que lleva demasiado tiempo escribiéndose.
La pérdida de un verdadero tranvía ligero para la ciudad de León es un hecho que siempre he lamentado, aunque es una idea del pasado a la que, en su día, conviene recordarlo, tampoco le faltaron detractores urgentes. La estructura de esta ciudad favorece la construcción de al menos dos líneas transversales que conectarían con barrios periféricos, y solucionarían, a la manera de otras ciudades modernas, los problemas de movilidad durante varias décadas. Pero ni siquiera se apoyó la gran idea, menos costosa, de los ramales al hospital y al campus universitario, que también parecían muy razonables. Es que siempre hay mucha prisa para limitar la modernidad. Ojalá nos diéramos tanta maña como con la defensa de las tradiciones.
Sé que resulta kafkiano, puede que incluso resulte inocente, remover hoy proyectos tan olvidados, y tan rápidamente descartados (nos falta pensar más a lo grande, nos mata la mentalidad pequeña: y no sólo en asuntos de fútbol). En fin. Ahora resulta que hay material rodante híbrido, originalmente destinado a la ciudad, que ha terminado, al parecer, en México: una más de estas cosinas que nos pasan, supongo. El sueño de un metro ligero, o, al menos, de los dos ramales citados, que nos incluiría en un grupo de ciudades adelantadas a la modernidad, parece, en efecto, una quimera, y provocará hasta la risa, o la sonrisa suficiente, de algunos, cuando, en efecto, se pretende incluso enterrar las vías que llegan a la ciudad y acabar, para siempre, con cualquier posibilidad urbana relacionada con el desarrollo ferroviario. No es de recibo que esto suceda. Veremos si hay fuerza suficiente para evitar este nuevo entierro. Y este nuevo funeral.