Con el coronavirus queda demostrado una vez más que un problema solo es tal cuando puede afectar a nuestro ombligo. Hace algunos años, el sacrificio de un perro en Madrid por la sospecha de portar ébola generó mayor movilización que décadas con miles de muertos en África. La salud es lo primero, la de Europa al menos, pero también sucede cuando el terrorismo, la inmigración o el cambio climático ‘amenazan’ los modos de vida de quienes estamos más acomodados.
No existe vacuna conocida para el egoísmo de Occidente. Tampoco cuarentena para los contagiosos virus de la sobreinformación y la desinformación, no queda otra alternativa que dejarse llevar por la psicosis colectiva. Seguro que cuando el Covid-19 avance sucede como en la novela de Saramago y los consultorios colapsan, no hay suficientes enfermeros y cualquiera que pilles a mano es quien te tiene que atender. Oye, ¡estos síntomas me suenan! Vamos a tirar de unas búsquedas en el doctor Google: mi consultorio está cerrado, el médico de cabecera no viene hasta el lunes, qué debe hacer mi vecino si padezco… Los peores temores se confirman: estamos ante un severo brote de sanidad rural.
León presenta el foco más importante de esta enfermedad nacida en el Mercaolid de Igea. En Sahagún se preguntan cómo harían en Wuhan para levantar un hospital en diez días cuando ellos han perdido la cuenta de los años de espera por su nuevo ambulatorio. Las vacaciones no cubiertas de un practicante en Truchas dejarán este verano 14 días de aislamiento. Mientras tanto, la señora Froilana de Oseja de Sajambre aprende cómo manejar un desfibrilador. Es solo un ensayo sobre la epidemia, la epidemia de la pisoteada sanidad rural. Por el momento, y hasta que el coronavirus diga lo contrario, la única que debe preocupar a los leoneses.
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