El tiempo lo ha inventado el hombre; el mundo no ideó las horas y los días, los años y los meses. Son parámetros humanos para intentar poner puertas al campo, que es el desierto, que es el orbe. No hemos hecho más que intentar humanizar la mundanal existencia para tener todo bajo nuestro control. Utilizamos relojes para conocer una hora retrasada y adelantada por nosotros; como somos sus creadores, podemos jugar con ella a nuestro antojo. Los horarios son para el paso del tiempo lo que las métricas son para las encuestas electorales: aproximaciones que pretenden tocar la realidad sin realmente llegar a rozarla. Palpan un panorama profundamente condicionado por esas mismas premisas interpretativas.
Llevo tiempo pensando en qué condiciona que votemos a uno u otro partido. Creo que he llegado a una aproximación de la solución a raíz de la encuesta del CIS de las elecciones de Castilla y León.
De la misma forma que las productoras pagan para que sus canciones estén en lo más alto de los rankings de música, creo que todo está condicionado por los poderes fácticos que juegan con la conciencia del electorado; arquitectos del tiempo que también construyen los suelos electorales.
Cuando Ciudadanos pasó de 57 a 10 escaños en las elecciones de 2019, fue porque muchas encuestas dieron a Albert Rivera por amortizado; esos mismos sondeos que, meses atrás, le habían hecho acaparar portadas e incluso llegaban a posicionar a Cs como primera fuerza. No queremos tirar el voto, por eso el PP usa la baza del voto útil; sabe que, al igual que en 2019, Rivera no doblegó a Pablo Casado porque mucha gente que iba a votar a Cs al final terminó votando «lo de siempre».
Esa es la única forma de explicar la constante española del bipartidismo. Mientras en el resto de países los nuevos partidos están fagocitando a los tradicionales, aquí seguimos votando al PP y al PSOE a pesar de que sean los culpables, en mayor o menor medida, del estancamiento de Castilla y León. Si las encuestas no condicionaran nuestro criterio y el coste de oportunidad de utilidad, seguramente el Partido Socialista habría cerrado su sede, como ocurrió en Francia.