Y es que al lado de manifestaciones de un carácter solidario, participativo, respetuoso con las ideas y con las condiciones sociales, culturales y personales de los demás, que han iluminado estos tiempos sombríos y tristes, también se han revelado, con sus propias expresiones, caracteres peligrosos para la convivencia social, para la paz y para la libertad.
Formas de ser y de pensar a las que la salud de las personas les importa un comino y que cada vuelta del sendero por el que caminamos nuestra existencia en común es una oportunidad para sacar ventaja partidista, manipular y engañar, y conseguir en suma imponer su voluntad por el encima de las necesidades del conjunto de personas que conforman la sociedad.
En ocasiones trivializamos estas conductas y nos quedamos en el infantilismo egoísta que representan, como si sus comportamientos fueron tan intrascendentes como la rabieta de un niño, que acaba tras lloros y gritos, agotado y dormido en los brazos de su padre o de su madre. Pero no es así.
Y viene esto a cuento porque en esta ocasión la rabieta ha traspasado todos los límites. Comprendo la necesidad de algunos de oponerse en todo a lo que haga un Gobierno que no consideran representativo de sus propias ideas, pero llegar al punto de, al más puro estilo ‘Barrio Sésamo’ llegar a retorcer el contenido de una norma legal declarando que puede ser interpretable a conveniencia la restricción de derechos fundamentales, es directamente colocarse al otro lado del ancho río que marca las fronteras de ese país que debería ser el único y común de todo el género humano y que se llama Democracia.
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