El panorama es desolador… Decenas de pueblos evacuados, miles de personas sacadas de sus casas, multitud de gente que arriesga su propia vida luchando contra el fuego –incluidos tres fallecidos y varios heridos–, paisanos nuestros que ha perdido su casa y sus bienes, miles y miles de hectáreas de nuestros montes calcinadas… Una veintena de incendios se notan, en mayor o menor medida, en toda la provincia: humo, pavesas, olor a quemado… Las llamas están devorando nuestra tierra, nuestra vida…
Ya hemos hablado aquí mismo de incendios en otras ocasiones y, de hecho, es –por desgracia– tema recurrente cada verano; pero lo que estamos viviendo este año no tiene parangón… Y todavía no somos conscientes de las dimensiones de la catástrofe.
Y en medio de esta tragedia, no faltan los políticos –de las diferentes administraciones, y de distintos colores– que han querido conocer de cerca cómo está la situación.
Ojalá sirva para buscar soluciones de cara al futuro, y no para cruzarse declaraciones entre ellos sobre quien lo está haciendo mejor o peor, que eso de poco sirve ahora. Si esta tierra tuviera su propia autonomía, tal vez podría haber tomado otras medias en el ejercicio de sus competencias, pero esa es otra historia…
De lo que no hay duda es de que algo está fallando. Supongo que estarás conmigo en que, si las consecuencias de los incendios son peores año tras año, la estrategia, la política, tendrá que cambiar…
El otro día oí en la radio a un contertulio que daba la clave: «el fuego se apaga con dinero», decía. Que sí, que ya sé que no es tan sencillo…; pero parece razonable pensar que una mayor inversión –sin ir más lejos, en materia de prevención– no vendría nada mal.
Hoy, con el corazón encogido, todos coincidimos en la necesidad acuciante de poner remedio a esta situación. En que hay que hacer lo que haga falta para no pasar nunca más por esto. Esperemos que no se olvide dentro de cuatro días… y que el año que viene no nos volvamos a llevar las manos a la cabeza…