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En febrero, que no en abril, aguas mil

13/02/2026
 Actualizado a 13/02/2026
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Desde que el anticiclón de las Azores, nuestro compañero climático y milenario (creo), se ha ido de vacaciones, esto es un sinvivir. Estábamos acostumbrados a que las borrascas entraban por Galicia y pasaban por aquí, generalmente llevaderas, aunque otras no tanto, que bien recuerdo, cuando tenía pantalón corto, todo el barrio de Pinilla inundado, aunque eso se arregló ya hace años con una conveniente regulación en modo embalse, aguas arriba.

Pero ahora la cosa ha cambiado, y más de uno, aprovechando que el Pisuerga, que también anda ahora bravo, pasa por la villa y corte  de Valladolid, diría que es cosa del cambio del clima climático. Y hay cambio, eso es evidente.

Aunque he de reconocer que si bien hoy están pasando cosas que no son habituales, al menos en el corto plazo, no lo son tanto si miramos para atrás.

Yo creo en el cambio del clima, pues todo es cíclico en este planeta, pero no creo tanto en esto que se está llamando «el cambio climático».

Y es que, a lo largo de los tiempos, grandes fríos, largas sequías, excesivos calores, enormes lluvias ha habido siempre, unas antes otras después, causadas por explosiones solares, olas siberianas, explosiones volcánicas o vaya usted a saber porqué. Pero ha habido cambios extremos.

Veamos por ejemplo. Comenté antes la inundación del barrio de Pinilla. Había llovido… pues como ahora, y, desde luego, en el mundo había la décima parte de los coches y muchísima menos población e industria.

En 1956, y yo me acuerdo, todo el mes de febrero mantuvo la península en nieves perpetuas, con temperaturas bajo cero continuas.

Y puestos a recordar meses lluviosos, allá por 1970 (aproximadamente),  Eugenio Martín Rubio era el «hombre del tiempo» en TVE. En abril o mayo estuvo lloviendo sin parar. Todo el país estaba verde, cosa insólita, y todo el país, también, estaba deseando que parara, tanto, que Eugenio se jugó el bigote a que al día siguiente no llovería, al fin, en Madrid. Llovió… y sin bigote apareció en pantalla.

Si nos fijamos en la historia, tenemos el llamado siglo helado, de 1565 a 1665, cien años, en los que los veranos eran casi un recuerdo (incluso año hubo sin verano). Por cierto, según los expertos en violines e instrumentos de frotar, debido a esos fríos continuados, los árboles crecieron generando una madera única que dieron a los Stradivarius sus cualidades excepcionales. 

Y así más y más. A lo mejor el haber cumplido bastantes años hace que recuerde tiempos más fríos, más calurosos, más secos o más húmedos, pero no puedo evitar pensar en que todo esto del clima es cíclico y que ahora mismo en uno de ellos estamos.

Y los que tendremos.

Y aquí y ahora no hemos tenido grandes inundaciones, crucemos los dedos, pero sí agua para dar y tomar, y sus consecuencias, por supuesto infinitamente menos dramáticas, no se han hecho esperar: goteras, esas mini inundaciones caseras (y que nadie se lo tome como un comentario jocoso de lo que está sucediendo en el sur, por favor), que sufrimos sobre todo cuando llueve, en general, o cuando nos cae la del pulpo de golpe o de forma continuada en particular, cual es el caso.

Desde hace unas semanas me supongo que una buena parte de los leoneses las están sufriendo, habida cuenta de las que ya llevo personalmente vistas (de amigos, menos mal), que son unas cuantas.

Las malditas goteras, que sabes por donde salen, pero no de dónde vienen… Es más, y para terminarlo de complicar, normalmente, hasta que no para de llover (y unos cuantos días más, hasta que sequen bien), prácticamente no se puede hacer nada, algo que el usuario (sufridor en casa), entiende bastante mal. Pero es que es así.

Porque, cuando llueve tanto, los suelos y paredes, quieras que no, se empapan, lo que facilita que, hasta a la menor fisura imperceptible se convierte, por capilaridad, en un camino fácil de entrada, haciendo que una gotera perceptible aquí, ha entrado, palabra de honor, cinco metros más allá. Y no sólo a esa distancia, es que es muy común que, si la salida es en el techo (es lo normal, pero no siempre), la entrada es en una pared de fachada. Y entran litros.

Posiblemente más de uno que lea esto pensará que son pamplinas, o ‘viva Cartagena’, pero después de 52 años de ver goteras, como decía  el androide Roy Batty (Rutger Hauer) a Deckard (Harrison Ford) en la película Blade Runner, «he visto cosas que vosotros no os creeríais».

El caso es que, con este clima extremo que tenemos, con variaciones de día a noche que en invierno pueden ser de 40ºC (-10ºC en la noche a +30ºC por soleamiento a mediodía), no hay, en fachada, material ni fisura que lo resista. Luego, todo es cuestión de tiempo, y un edificio se supone que tiene una vida mínima de cien años… Añádase días y días lloviendo y empapando las fachada.

Y así estamos, con goteras a diestro y siniestro, y no quiero hacer un chiste con lo del siniestro, pero es así, aquí y ahora.

13 02 2026 Álvarez Guerra
13 02 2026 Álvarez Guerra

 

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