Después de casi tres años de espera, he vuelto recientemente a la pantalla como corresponsal de un canal de televisión, para ejercer nuevamente mi profesión esencial en el periodismo y la comunicación. Una profesión de la que me vi obligado a alejarme debido a mi migración y mi condición de refugiado aquí en España.
Y aunque la alegría que me invade por haber conseguido esta oportunidad –que llevaba tanto tiempo esperando– es inmensa, al mismo tiempo he perdido algo muy valioso: la posibilidad de estar junto a mi familia, después de que las distancias y la falta de recursos volvieran a separarnos.
El trabajo periodístico exige vivir permanentemente en Madrid, para estar cerca del centro de decisión y en medio de los acontecimientos, especialmente porque la mayoría de los canales árabes que operan en España requieren que sus corresponsales residan en la capital. Y eso fue lo que me ocurrió a mí: mudarme a Madrid fue una condición esencial para obtener la oportunidad laboral, lo que me obligó a dejar a mi familia en la ciudad de León, separándonos nuevamente, igual que ocurrió la primera vez cuando dejé Gaza y ellos se quedaron allí solos. Trasladar a toda una familia a una gran ciudad con un alto costo de vida, alquileres elevados y en mitad del año escolar no es algo posible.
Esta situación nos llevó a revivir una nueva –o quizá tercera– experiencia de desarraigo. Ya lo había vivido cuando trabajé anteriormente en Valladolid, aunque entonces la distancia era menor. Y aunque la red de transporte en España acorta los kilómetros, la falta de un horario fijo en el trabajo periodístico hace que reunirse con la familia sea muy difícil.
Muchos fines de semana –cuando se supone que mi familia está en casa– debo trabajar en Madrid, porque la mayoría de los eventos se celebran sábado y domingo. Y cuando regreso a mitad de semana, no encuentro a nadie: mi esposa está en su trabajo y mis hijos en el colegio. Así se nos escurre entre los dedos el tiempo que deberíamos pasar juntos.
Por eso digo que en España puedes conseguir algo que llevas tiempo deseando… pero a menudo a cambio de perder otras cosas que obligan a sacrificios constantes para poder enfrentar los desafíos.
Incluso dentro de mi propio ámbito profesional encuentro grandes diferencias: un entorno nuevo, un sistema social distinto, otro idioma, personas nuevas y una red de contactos inexistente que hace que todo sea más difícil y extraño.
En los pasillos del metro –algo que jamás había usado antes– crece la sensación de pérdida y desconcierto, un sentimiento que incluso me alejó durante un tiempo de la escritura.
Y aunque estas líneas parezcan solo una confesión personal, reflejan una realidad casi inmutable: el refugiado sigue siendo un extraño, incluso cuando todas las puertas se le abren en tierra ajena.
Porque la patria no es solo un lugar… es raíces que nos sostienen desde dentro, que dan agua a nuestras ramas y mantienen el verde de nuestras hojas. Cuando nos alejamos de esas raíces, las hojas se secan poco a poco, pierden su color y su vida.
En mi soledad aquí, no deseo más que una cosa: que llegue pronto el día en que mi familia y yo podamos vivir nuevamente bajo un mismo techo, unidos, sin que nos separen las ciudades, los trabajos o las distancias.
Ojalá ese día no tarde.
Ramzi Albayrouti es un periodista palestino refugiado en León