Empecé el año con un relato viajero sin imaginar que aquella narración despertaría el interés de Josep Fort, un lector de Sabadell que contactó conmigo para charlar sobre Helena Bargiel y su sonrisa en Auschwitz.
Tampoco me propuse mandar una carta al pasado con motivo de mi cuarenta cumpleaños a ese joven impertinente que era yo a mitad de los noventa, «demasiados consejos para el poco caso que te va a hacer», pensé al concluirla. Esta cita con el papel siempre comienza antes de la medianoche del finde, cuando Roberto Fernández, guardián de La Nueva Crónica, recibe en su correo mi folio para, una vez revisado y maquetado, enviarlo impecable a la rotativa, libre de errores como aquel mío que situaba Puerta Bonita lejos de Carabanchel, al lado de la Plaza del Grano para ser exactos.
Una columna da para mucho, ahí les dejé mi trilogía sobre el despoblamiento, que surgió con un simple anuncio clasificado y terminó, casi seguro, en la papelera de algún despacho provincial. A finales de abril puse el ejemplo de San Martín de Manhattan para criticar el expolio que ha sufrido nuestro patrimonio artístico, denuncia que amplió un mes después el de Vegamián en la contra de este periódico recordando su entrevista con Erick el Belga.
Por aquí también han pasado personajes de Hollywood: Brad Pitt en una escena a orillas del Bernesga o Bob Odenkirk perdido en Castrocontrigo. Y así, columna tras columna hasta celebrar mi primer all iron en la penúltima de esta saga y caer rendido a las puertas del verano. Nos vemos en septiembre, antes buscaré la Hibiscus brackenridgei para luego contárselo. Disfruten...
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