Empaparse del otro

20/01/2026
 Actualizado a 20/01/2026
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Pisar de puntas mata las uñas, pero le ofrece a la bailarina una manera de ver y verse en terciopelo. Una delicadeza que se transmite y que tapa esos hematomas uñeros y los dedos encallados que se esconden bajo una imagen dulce, de apariencia fácil, casi liberadora. Y desde la atalaya del arte se ve mucho más cuando quien baila lo hace desde el dolor, precisamente para subir a un escenario que comparte cama con él. Con el acomodo imperturbable y peleón de un cuerpo veinteañero se acurrucan cinco síndromes. Sus apodos podrían dibujar un verso, un ballet o, mejor aún, un mantra que olvidar: Cascanueces, Wilkie, May-Turner. Todos han hecho casa en el cuerpecito mermado de Ainhoa.

A sus 27 años sabe más de dolor que él mismo y se deja sorprender cada mañana por una nueva forma de hacerse sentir. Así tacha días: unos en rojo pasión, otros en un gris insoportable y los negros. Esos que bien podrían haberse ido por el retrete antes del amanecer. Pero ahora que ha conseguido echar cuentas en el calendario, los acepta. En un baile.Y con la duda constante de si podrá sostenerse, vuelve a sujetarse a ese discurso que quiere compartir, «estando y siendo». Pero ¿cómo explicar las volteretas que le provocan sus «raritas»enfermedades? ¿Cómo encontrar la empatía necesaria para decir que sola no puede, que cada una de sus sonrisas pretende esconder una explicación, que busca una cuerda a cada segundo para que esas puntillas sobre las que baila no la desequilibren? Letras y danza. Así se lo dijo. Y desde ese rincón de lucha que marca la vulnerabilidad de su cuerpo, saca un diálogo de resistencia que consigue emocionar.

Con la valentía de haberse reconstruido desde la aceptación, la peleona berciana logra que no se caiga del tapete la consigna: el desnudo de una enfermedad envuelta en niebla, que se queda fuera de un sistema demasiado encajado en sí mismo, al que la novedad le supera.

Ahí aparece el otro dolor, el que no es físico. El que se aprieta en los puños con la rabia de no encajar, de quedar fuera, a la espera de investigadores que abran la puerta a su historia.

Tal vez por eso necesita retratarla. Porque hay dolores que solo se alivian cuando se nombran. Con Llueve sobre mojado, su tercer libro, lo hace boca arriba, desde el hartazgo de la obligación social de aparentar. Desde ese cansancio invisible de palmadas en la espalda, mensajes de ánimo y esperas eternas. No. No todo pasa. Y no siempre se puede. Pero contarle al que escucha ayuda. Y sacar el tabú de su escondite humaniza. Ainhoa se permite caer. Porque se levanta sin disfrazar el dolor. Porque baila con un cuerpo que no responde y escribe desde la herida abierta. Eso hace que su honestidad empape.Y que toda la sociedad se moje con su lluvia, esa que cae sobre una acera ya mojada, por la que otros también caminan.

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