20/01/2026
 Actualizado a 20/01/2026
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Siempre estuvieron ahí, y algo bueno debió suceder para que durante 50 años de democracia hayan estado mayoritariamente callados, emboscados, lobos con piel de cordero, sabedores de que no gozaban del apoyo de la mayoría si decían lo que realmente pensaban o salían a la luz sus más que probables comportamientos inmorales. Pero, los tiempos cambian y no siempre para bien, como dice Rufián, cada vez más acertado en sus sencillas opiniones de lógica aplastante, «ahora está de moda ser facha».

Esto no sería tan grave, si ser facha significara que, en lo pendular de la historia de la humanidad, ahora tocase el conservadurismo frente al progresismo, pero no se queda todo ahí, la ideología que crece amenazando los derechos, garantías y el sentido común que creíamos inmutables, es más peligrosa y compleja. No es mi intención disertar del porqué, la desafección de la política por parte de la ciudanía, el hartazgo ante determinados comportamientos políticos, la desinformación y un largo etc., del que tanto se ha hablado y escrito. Ahora, que vacunarse es una decisión ideológica («¡Muera la inteligencia y viva la muerte!»), descubrimos que, efectivamente, la transición se llevó a cabo gracias a concesiones que quizás nunca se debieron permitir, una sociedad con un ejército, una santa madre iglesia y otros poderes fácticos que aguardaron emboscados tiempos mejores. Hay que reconocer que en estrategia siempre fueron muy buenos.

Emboscados han estado siempre los que se creían superiores a los demás, de una estirpe dominante, con derechos que el vulgar populacho no podía disfrutar, incluido el de pernada. Y como he escrito en anteriores opiniones, no es que ahora veamos machismo en todos los sitios, es que la sociedad estructuralmente era y es machista y ocultaba e incluso justificaba comportamientos despreciables y delictivos como el de Julio Iglesias y si hablamos de mujeres que pertenecen a un estatus socioeconómico inferior, pobres, para que se entienda bien, la potestad del señor de Punta Cana era incuestionable. No me digan que, recordando el comportamiento de este tío (ni truhan, ni señor, delincuente sexual a secas), no se creen los testimonios de esas trabajadoras, avalados por un serio reportaje de investigación periodística, sobre todo que no me lo diga una mujer porque encubre y miente sobre lo que llegó a considerarse como normal en el comportamiento de algunos hombres, y más en los que se creían por encima del bien y mal, señores feudales que compraban voluntades y personas.

Emboscados debían estar personajes públicos como la mitad de Dúo Dinámico, los de «quince años tiene mi amor», que dice que «si no denuncias, es una relación» y barrabasadas del estilo con la tranquilidad del que cree en lo que dice y sabe que va a encontrar un apoyo público a semejantes barbaridades. Hay que elegir la ceguera para no ver la relación entre lo que fue y es, desgraciadamente aún en muchos casos, la normalización de estas conductas y la dificultad que sigue existiendo para sacarlas a la luz y el hecho de que en lo que va de año hayan sido asesinadas 4 mujeres por violencia de género, 1.346 desde 2003, cuando se empezaron a recabar datos. Será porque empecé el año escuchando a Ismael Serrano en Palencia que en mi mente resuena: «(…) tras tanto puño en alto y tanta sangre derramada, al final de la partida no pudisteis hacer nada y bajo los adoquines no había arena de playa (…)». Sin embargo prefiero cerrar la reflexión con Machado, cuando afirmaba que «Hoy es siempre todavía», no hablaba sólo del tiempo, sino de la responsabilidad colectiva, de no dar por perdido el presente, de seguir luchando, ayer como hoy, por una democracia viva, por un país más honesto y más humano.

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