Imagen Marina Díez

Ellos también quieren ser padres presentes, pero el sistema no les deja

23/05/2026
 Actualizado a 23/05/2026
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Mucho se habla de los hombres ausentes en la crianza, de los padres que apenas participan en la vida cotidiana de sus hijos. Pero menos se habla de aquellos que sí quieren estar y que, aun así, encuentran barreras invisibles y visibles que se lo impiden.

El sistema sigue funcionando como si cuidar fuera cosa de mujeres. Aunque los permisos de paternidad han avanzado, todavía son vistos muchas veces como «opcional», y hay hombres que sienten la presión de no pedirlos completos por miedo a perder oportunidades laborales. Mientras tanto, a las mujeres se les da por hecho: serán ellas quienes se cojan la reducción de jornada, quienes falten al trabajo si el niño se pone enfermo, quienes carguen con la conciliación.

El resultado es un círculo vicioso: ellas se ven penalizadas en su carrera profesional y ellos se pierden la posibilidad de vivir la paternidad en plenitud. Porque estar presente no es solo proveer, sino acompañar: cambiar pañales, contar cuentos, asistir a tutorías, preparar meriendas, abrazar de madrugada. Todo eso que a menudo sigue recayendo en exclusiva sobre las madres.

En los pueblos y en las ciudades, cada vez más hombres jóvenes quieren romper con ese guion heredado. Desean ser padres cercanos, no visitantes de fin de semana. Pero para lograrlo, necesitamos estructuras que lo permitan: permisos iguales e intransferibles, horarios laborales compatibles con la vida, empresas que no castiguen a quien decide priorizar el cuidado.

La igualdad en la crianza no se trata solo de aliviar la carga femenina, sino de reconocer el derecho de los hombres a cuidar. Porque ellos también pierden cuando se les niega la ternura, cuando se les roba tiempo de infancia, cuando se les reduce a la función de sostén económico.

Ellos también quieren ser padres presentes. Y cuando el sistema se lo impida, no solo fallará a esos hombres, sino a toda una generación de hijos e hijas que merecen crecer con ambos progenitores de verdad, no solo de nombre.

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