Imagen Marina Díez

«Elegís mal»: la inversión de la culpa

29/08/2026
 Actualizado a 29/08/2026
Guardar

Hay una respuesta que aparece con una regularidad casi matemática cada vez que una mujer habla de desigualdad en las relaciones: «elegís mal». Es una frase breve, aparentemente lógica, incluso con un punto de consejo bienintencionado. Pero encierra una de las operaciones más eficaces para neutralizar cualquier análisis social: convertir un problema estructural en un fallo individual.

La fórmula es simple. Si algo va mal de forma reiterada, no se revisan las condiciones en las que ocurre; se señala a quien participa en ellas. No se pregunta por qué se repite un patrón, sino por qué esa persona no supo evitarlo. Así, la desigualdad deja de ser una cuestión colectiva y se transforma en una suma de errores personales.

El argumento funciona porque apela a la responsabilidad individual, un valor muy apreciado. El problema es que confunde responsabilidad con culpa. Y sobre todo, ignora algo básico: si miles de mujeres describen experiencias similares –carga mental desigual, renuncias constantes, desgaste emocional–, no estamos ante una mala racha ni ante una cadena de elecciones torpes. Estamos ante un marco que favorece que eso ocurra.

Decir «elegís mal» supone, además, asumir que la elección se produce en un vacío. Como si todas las personas partiéramos del mismo lugar, con las mismas expectativas, la misma educación emocional y las mismas opciones reales. Como si el amor no estuviera atravesado por mandatos, aprendizajes y desigualdades previas.

Las mujeres no eligen en abstracto. Eligen dentro de un sistema que durante décadas les enseñó a priorizar el vínculo, a ceder, a comprender, a aguantar. Eligen en un contexto que premia la entrega femenina y penaliza el límite. Luego, cuando el coste de esa entrega se hace visible, se les reprocha no haber sabido escoger mejor.

Hay algo profundamente perverso en ese giro. Porque desplaza el foco del comportamiento hacia la elección y, con ello, absuelve al modelo. El problema ya no es cómo se reparten los cuidados, ni qué se espera de cada cual, ni por qué tantas mujeres acaban exhaustas. El problema es que no supieron detectar a tiempo a la persona adecuada.

Este razonamiento tiene otra consecuencia: desactiva cualquier posibilidad de cambio colectivo. Si todo depende de elegir bien, no hay nada que revisar en la cultura, en la educación sentimental o en la organización social. Basta con dar mejores consejos. Como si el daño se arreglara con un tutorial.

Curiosamente, este reproche rara vez opera en sentido contrario. No se les dice a los hombres que «eligieron mal» cuando se sienten solos, desbordados o incapaces de sostener vínculos. A ellos se les reconoce el malestar. A ellas, se les pide que lo hubieran evitado.

Hablar de desigualdad no es negar la responsabilidad individual, sino ponerla en contexto. Elegir existe, pero no existe al margen de las condiciones en las que se elige. Y cuando una misma carga se repite en el mismo lugar, no es razonable seguir culpando a quien la soporta.

Tal vez ha llegado el momento de cambiar la pregunta. En lugar de «¿por qué elegís mal?», habría que preguntarse «¿por qué este modelo produce siempre los mismos resultados?». Porque mientras sigamos responsabilizando a las mujeres de adaptarse mejor a un sistema desigual, el sistema no tendrá ningún incentivo para transformarse.

Y entonces no estaremos hablando de elecciones, sino de silencios obligados. De esos que se confunden con responsabilidad, pero que en realidad solo sirven para que nada cambie.

Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora
Lo más leído