No parece que las elecciones del 15 de marzo estén levantando fervores en la capital leonesa. Ni posiciones encontradas. Tampoco se percibe ese runrún en la medida de otras ocasiones, donde el ambiente era muy distinto. Más animado y polémico. Más encendido en tertulias y barras de bar. Será, quizá, que el cansancio de tanta política bajuna y tantos políticos asardinados hacen mella en los entornos de la gente, que, cauta, prefiere mirar para otro lado y no contaminar su día a día. Al fin y al cabo, siempre es más de lo mismo. Calcado. Y eso aburre a la parda alpina, por muchas y edulcoradas que sean las promesas que toda campaña electoral conlleva.
Y es que ya se sabe: de dinero y santidad, la mitad de la mitad. Pues lo mismo, pero llevado a esa cosa que los partidos llaman programa y, después, apenas si lo cumplen. La hemeroteca suele ser la conciencia de quienes dijeron digo y luego cambiaron a Diego, aunque a la hora de la verdad lo permutaran por el tan famoso cambio de opinión. Son los juegos malabares y tramposos de una gran mayoría, infectada por la falsedad y las mentiras gruesas.
Y a otra cosa con mayor sustancia. El martes fallecía en Madrid Fernando Ónega, periodista de altos vuelos y horizontes arco iris, quien ha dejado sobre el tapete de la profesión mediática una impronta difícil de igualar. Oceánica. En 1986 llegaba a León, con el fin de ofrecer el pregón de la Semana Santa de aquel año, una época (por cierto y a renglón seguido, de disensiones entre las cofradías, con el machacón negras y blancas), en la que se procuraba invitar a personajes de renombre. El objetivo era que el discurso sobre la Pasión tuviera resonancia (y publicidad) por todos los rincones del país. A veces se conseguía, sí, y otras el ‘experimento’ acababa en maula gregoriana; mucho ruido y pocas nueces.
En esta oportunidad la divulgación del acto ‘semanasantero’ (término no reconocido a la fecha por la Real Academia) estaba garantizada: Ónega dirigía el periódico Ya, una cabecera nacional que, por entonces, no vivía el esplendor y la influencia de tiempos pasados, pero seguía en primera línea. De la presencia y parlamento del reconocido periodista en la capital de los Ordoños y los Alfonsos daría buena cuenta el corresponsal del citado medio (de aire católico), Vicente Pueyo, redactor, a la vez, del Diario de León. Pueyo, turolense de Alcañiz, era un buen periodista, declarado melómano y amante de la bicicleta. Y una excelente y sensata persona, que, de manera inesperada, vio truncada su vida.
El pregón de Ónega fue un canto a la espiritualidad y una lección de vida. Bien estructuradas sus palabras y sabiendo lo que explicaba y cómo explicarlo –que no siempre se da esa premisa en los pregones de cristos y vírgenes- encandiló al auditorio. Y como decían los viejos y pacientes revisteros cuando del público se trataba, «las palmas echaron humo». No era para menos. Ónega, en aquella anochecida primaveral del 86, salió por la puerta grande. Y en el corazón de todos.