El último combate

19/12/2017
 Actualizado a 18/09/2019
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En esta esquina, el púgil berciano se prepara sobre el ring para sellar una carrera deportiva sin resumen posible y todo tiene sentido dentro de un sueño. La lucha final por un título Mundial, la plaza, en casa, frente a los que han acompañado cada golpe. Y la familia, que ahora deja una caricia cálida que dice papá. Tito se subía al cuadrilátero como lo había hecho incontables veces desde que una coincidencia le llevara a enfundarse sus primeros guantes de kick boxing. Desde entonces, creció dentro de aquel cuero y de una danza de pies que se convirtió en su ritual diario. Un chaval con empuje que se dejaba amoldar por el maestro. Diego había hecho magia con aquel luchador. Mentor y pupilo hablaban a sorbos lentos de miradas y el mensaje se traducía en patadas laterales, en ganchos…dibujaba un alfabeto en el que se mezclaba el límite con el pódium y la derrota. En cada compartida y los oídos abiertos a gargantas que nunca consiguen acabar la velada con voz. Bajo los contrincantes, 1.200 personas coreando al ganador, porque da igual lo que dicte el asalto final, el premio ha sido el camino. Sin atajos, le recuerda Diego antes de la cuenta atrás. Así se dibuja a un vencedor que se despide vacío de Mundial pero lleno de los que le han visto patear la senda larga. Solo así ha aprendido a leer al contrario, a no resignarse al dolor, a volver a levantarse y a mantenerse erguido. Pero sobre todo sabe que esa lección es su mejor medalla y que no acaba tras el último combate.

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