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El Torío en Puente Castro

02/07/2017
 Actualizado a 17/09/2019
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La cena que suelo celebrar con los amigos en Puente Castro durante estas fiestas de San Pedro me ha dado pie para poner en orden mi memoria, no vaya a ser que, con el tiempo, se esfume el razonamiento, y mis descendientes no acierten a identificar los rastros de mis mejores años, de alguna manera importantes también para ellos. Los de mi padre, por ejemplo, los tengo estampados en la fotografía de una bicicleta y una dulzaina, y pretendo que los míos permanezcan indemnes en el entorno del río Torio, a su paso por Puente Castro.

Puente Castro limita al norte con un puente del siglo XVIII (los maliciosos dicen que con el Latin Lover), al sur con la cuesta del Portillo, al este con la Candamia, y al oeste con lo que dimos en llamar ‘La Junta de los dos ríos’. Para el que suscribe, esos cuatro detalles, que pueden parecer insignificantes al lector, le sirvieron para concretar, hace años, un libro publicado por el Instituto Leonés de Cultura, titulado ‘Las voces apagadas’, donde yo acudía a la memoria para recorrer el barrio y sus alrededores (Los Altos de la Nevera, La calle de En medio, la Calle Valencia, la carretera del cementerio, el famoso caño, aún en uso….) y recobrar lo que siempre me ha parecido más importante en la voluntad del hombre: el paraíso de la infancia, los momentos en los que éramos libres y limpios y sin mayores empresas que las de agradecer al río y a cuanto le circunda sus ofertas: los barbos, los cangrejos y alguna trucha perdida, también los trabajos en la cosecha de lúpulo y, de postre, el chapuzón veraniego en las distintas zonas apropiadas para ello (La Gravera y, sobre todo, la Candamia, acaparada hace años por ‘los de la capital’ (entonces se acercaban hasta aquí, si acaso, los de Santa Ana). El libro comienza así: «Ni siquiera me doy cuenta de que acabo de atravesar el Torío y de que la carretera me ha depositado en el barrio de Santa Ana. He de girar ciento ochenta grados y recorrer de nuevo medio kilómetro para asegurarme de que la autovía por la que he llegado a León parte, por la mitad, el paisaje de mi niñez, el que se extendía desde la Huerta de la Herrera hasta la Cueva del Moro. En cada orilla, unos gigantescos pilares sujetan el lienzo del asfalto y lo hacen desembocar al lado de un gran centro comercial. Han encauzado el río y arrasado la flora que lo acompañaba, así que no queda un solo vestigio de los lugares cultivados con tanto ahínco en mi memoria, ninguna huella del idílico jardín cuyos contornos desvaídos venía dispuesto a reverdecer. Tampoco, desde la Candamia a Puente Castro, queda rastro alguno de las praderas donde nos acomodábamos quienes habitualmente íbamos a lanzar nuestros sedales en las tablas más tranquilas de su cauce, ningún rincón de los muchos que cada uno tenía localizado en cualquiera de las dos orillas. En su lugar han construido unas pistas de tierra que acompañan al lento discurrir de la corriente, dócil ahora, resignada ante el estigma ceniciento del abandono que ni siquiera el caudal repentino del deshielo ha logrado aclarar».

En efecto, «…Los caminos más diáfanos de mi infancia conducen al río Torío, a sus riberas», dejaba yo escrito. En aquellos tiempos, el cauce mostraba su estampa más serena, dibujando meandros y haciendo saltar, de vez en cuando, espuma en las rocas. Acostumbrábamos, en nuestra simpleza imberbe, a seguir su pista, por ver, unos cientos de metros más abajo, qué podía suceder en el momento de su encuentro con el Bernesga. Lo que sucedía era que nuestro río perdía su nombre, moría para dar larga vida al otro, al Bernesga, al de ‘los de la capital’. De manera que regresábamos a lo que nos interesaba: a la poza de la Gravera, a los matorrales de La Cueva del Moro, a las plantaciones de Lúpulo (durante unos segundos recobro el olor punzante de las escamas, también el áspero y amargo de las yemas de los dedos, ennegrecidas por su contacto), a los senderos que conducían, entre enmarañadas sebes, a las praderas pigmentadas de álamos de La Candamia. Allí el río nos ofrecía, generoso, su anchura más serena para ejercitarnos en el baño. También a las torrenteras que lo acompañan y por donde gateábamos buscando el plomo de las balas que luego vendíamos al chatarrero.

En efecto, justo al lado de la Huerta de la Herrera existe constancia (el historiador Secundino Serrano así lo ha escrito en su libro ‘Las heridas de la memoria’) de fusilamientos en la guerra civil. Lo que yo no termino de comprender es, y no sería mala idea la de preguntárselo al eminente historiador, qué hacían allí enterradas esas balas podridas, cuando era de imaginar que los disparos dirigidos a los fusilados se efectuaban desde diez metros escasos y, en caso de fallo, los restos de plomo los habríamos encontrado en la parte baja, y no la alta, de la torrentera. Tal vez la respuesta se halle en los versos de Eugenio de Nora grabados en el monolito del lugar: «Nada queremos que borre el tiempo en nuestros corazones», es decir, arriba o abajo, esas balas que rebuscábamos en las torrenteras dejan constancia de la ignominia humana a raíz de una guerra, pero, sobre todo, confirman que los disparos no eran de fogueo.
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