Pero el mapa provincial es diferente. Al menos lo ha sido en esta ocasión. Hay una línea muy marcada que muestra un eje noroeste-sureste que coloca a septentrión una respuesta roja muy patente, y a meridión una mancha azul. Tanto a un lado como al otro de la raya debiéramos prestar atención a esos que optaron por la papeleta ‘verde’ (que ignominia, que vileza apropiarse del verde vivo en lugar de optar, como debiera ser en este caso, por el negro ausente de luz y de futuro). No son pocos los pueblos habitados por trabajadores que han usado la papeleta de aquellos que nada nos ofrecen más si acaso eliminar derechos, que no privilegios, derechos que la historia de la lucha ciudadana ha ganado a lo largo de siglos de sufrimiento y pena. Cada vez que uno de esos ciudadanos ha elegido una de esas papeletas ha muerto una ilusión, se ha borrado una sonrisa.
Éramos los del sur de Europa los que dábamos una lección a los vecinos del norte no dejando que esos ultramontanos cavernarios entraran en las instituciones. Pero finalmente no hemos resistido la ola de populismo genocida que propugna el regreso al pasado más atroz de nuestra reciente historia, que solo quieren mantener pernada sobre los desprotegidos.
Hoy hay más luz de esperanza, pero no obviemos esas nubecillas lejanas, no vaya a ser que se conviertan en nubarrones borrascosos.
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