Cuando Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen, responsables de algunos de los guiones más incisivos del cine español reciente, como ‘Que Dios nos perdone’ (2016), ‘El reino’ (2018) o ‘As bestas’ (2022), se enteraron de que el prestigioso realizador noruego Joaquim Trier presentaría en el Festival de Cannes una cinta sobre un director veterano, afamado y difícil que, tras años de distanciamiento, se reencontraba con su hija para ofrecerle el papel protagonista en su nueva película, se llevaron las manos a la cabeza. La premisa era idéntica a la que ellos habían concebido para ‘El ser querido’, que por aquel entonces aún no habían comenzado a rodar y que terminarían presentando también, aunque un año después, en el certamen francés. Respiraron aliviados cuando comprobaron que ‘Valor sentimental’ (2025), un drama casi bergmaniano, recorría un camino muy diferente al suyo. En el caso de la película española, el reencuentro entre un padre ausente y una hija enfadada permite a Peña y Sorogoyen hablar de una masculinidad tóxica y destructiva que se resiste a desaparecer, pese a haber sido cuestionada desde hace décadas por el feminismo. También de cómo el arte —y, en concreto, el cine— ha regalado a algunos de sus más ilustres creadores —todos ellos hombres— el privilegio de maltratar, acosar y violentar, amparados en la impunidad que les otorgaba su condición de genios del séptimo arte; y de la necesidad de toda víctima de obtener reparación, de ver reconocido su dolor.
Esteban Martínez es un aclamado director de cine español, ganador de dos Óscar, que regresa a España después de una exitosa carrera en Estados Unidos para filmar una película sobre el Sáhara. Contacta con Emilia, su hija mayor, a la que no ve desde hace trece años, una actriz que hace tiempo que no consigue ningún papel en los numerosos castings a los que se presenta y que trabaja como camarera en un bar de Madrid, para ayudarla e intentar relanzar su carrera. Ella, a pesar de no haber perdonado a su progenitor por haberla abandonado y de tener miedo de un hombre con fama de violento y problemático, acepta. El rodaje, que ya de por sí puede constituir un espacio cargado de tensiones, propicia la difícil convivencia entre quien necesita que le pidan perdón y quien no sabe, ni quiere, pedirlo.
Javier Bardem, actor mayúsculo, de imponente presencia física, interpreta a este director con muy mala hostia que impone su ley con mano de hierro durante todo el proceso de filmación y que intimida y manipula verbal y psicológicamente a los demás para conseguir lo que se propone. Victoria Luengo le da la réplica desde un lugar mucho más difícil, el de quien sabe que ocupa una posición de inferioridad por ser hija y actriz precaria frente a un padre y artista consagrado. ‘El ser querido’, a pesar de algunas decisiones formales incomprensibles de Sorogoyen —como los fotogramas en blanco y negro que intercala en el montaje—, contagia la tensión y hasta el terror que transmiten unas imágenes que bien podrían adecuarse a las palabras de Francis Ford Coppola cuando afirmó que el cine era el único lugar en el mundo moderno donde un hombre podía ser legítimamente un dictador: un lugar, por tanto, terrible para tantísimas mujeres que han tenido que sufrir el insoportable ego de los hombres.
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