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El perfume acre de la guerra

14/02/2022
 Actualizado a 14/02/2022
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Cuando escribo estas líneas transcurre bajo una lluvia aún tímida la jornada electoral en Castilla y León. Es un asunto regional, o mejor, autonómico, que se ha planteado como una batalla nacional (al menos, para algunos), como si aquí se decidieran las luchas de otros, pero, en el fondo, lo que suceda corresponde a nuestros intereses más domésticos. Pienso en la modestia de los pueblos pequeños, aislados (a algunos se les ha ofrecido transporte para acudir a las urnas, lo que demuestra que no tienen fácil llegar a ninguna parte), en la progresiva soledad y en esta sensación de fragilidad en lo más crudo del invierno. Desconozco a estas horas cuáles habrán sido los resultados, pero sí tengo la sensación de que cada vez resulta más difícil quitarse de encima el peso de la incertidumbre y de la desesperanza.

Mientras suceden las elecciones, pienso en estos días infaustos de pandemia, en este siglo XXI que nos envuelve en una niebla de incomodidad, que nos devuelve una y otra vez a una vida inconfortable con la que tal vez no contábamos. El futuro, nos decían, iba a ser esplendoroso. Resulta extraordinaria la capacidad de reinvención de la gente, especialmente en este territorio. No ya la resiliencia, es palabra tantas veces repetida que en ocasiones deja de tener significado (ya saben, las etiquetas mediáticas lo pueden todo), sino más bien la paciencia. La paciencia con los liderazgos. La paciencia con la vida cotidiana. Esa increíble capacidad para soportar el progresivo deterioro de esta tierra, veloz, veloz e imparable. Esa capacidad de un pueblo envejecido para reunirse con el silencio. Porque vivimos tiempos de estruendo, el estruendo de los necios, pero también de gran mutismo. Hay un silencio frío y dolorido, el silencio de la inteligencia.

Pienso en todo esto mientras soplan también los vientos de la guerra. Una guerra no tan lejana, porque es extraordinario cómo hemos ganado en globalidad, sobre todo para sembrar alarmas y urgencias, y cómo en cambio a veces lo local parece estar a miles de kilómetros de nuestra casa. La sobredosis de información nos mantiene en una alerta dañina. Durante estas semanas hemos aprendido mucho de la frontera de Ucrania, de la región del Donbás, sabemos (o eso creemos) del vientre de la diplomacia, de las llamadas telefónicas de los líderes, vimos a Putin ante Macron en aquella mesa imperio fastuosa (luego nos explicaron que era por razones de prevención a causa del Covid), vimos esa distancia que, voluntaria o involuntariamente, resultaba la metáfora perfecta de la situación a la que nos enfrentamos.

La guerra, como una posibilidad, nos arrastra a la Prehistoria, pero también al pasado terrible de Europa. Nadie contaba con que la incertidumbre del orden mundial pudiera precipitar tan rápido un regreso a la atmósfera bélica. La Guerra Fría, que algunos daban por enterrada, resurge. También los intereses de los estados, que se imponen sobre la colaboración, sobre los acuerdos colectivos, pues ha vuelto el egoísmo, el egocentrismo y el individualismo. La sociedad va camino de una gran fiebre individualizadora.

Por eso Europa vive un momento difícil. No sólo por los intentos del populismo, que se alimenta de la debilidad y de la incertidumbre, vitaminas perfectas para la demagogia. También por la tensión estructural a la que se ve sometida por los vaivenes recientes de los Estados Unidos (Biden a duras penas logra reconducir la situación), por eso que se llama, quizás con razón, la decadencia de Occidente. Europa es hoy un agente sociopolítico en medio de dos bloques que vuelven a mirarse de una manera desafiante, en tanto se desplazan los centros del poder y del comercio. Y no es extraño que por su posición sufra los efectos de ese choque, con la amenaza de ciertos desgarros, con el consiguiente peligro para la moderación y para las democracias.

En fin: en eso estamos. Lo que en principio parece un conflicto lejano se ha hecho también increíblemente doméstico, aunque no tanto, desde luego, como para esos territorios ucranios fronterizos. La enorme fuerza de este escenario conflictivo se impone con facilidad sobre nuestras cuitas locales. La presión mediática, las redes sociales y el ruido que nos rodea las veinticuatro horas del día consigue que la tensión y la incomodidad se apoderen de nuestras vidas. No hay tregua. Apenas parece posible una desconexión, una saludable separación de todo el trajín del mundo. La depresión y la angustia, que por lo visto crecen exponencialmente en la sociedad actual, nacen de esa permanente exposición a la globalidad, a la persistencia de las amenazas, al juego infame que provoca la diseminación del miedo, la gran herramienta de estos tiempos hiperconectados.

Por tanto, cada vez resulta más difícil sustraerse al ruido mediático. Aunque a buen seguro sabemos poco de las interioridades diplomáticas que se barajan en el conflicto de la frontera ucrania, lo cierto es que somos alimentados por toneladas de datos que nos mantienen ocupados. Y angustiados. Hoy no importa tanto la verdad como el ruido. No son pocos los que sacan grandes beneficios de la confusión. Hay una tendencia al suspense en la vida contemporánea, un gusto enfermizo por la incertidumbre amenazadora. Los ciudadanos poco podemos hacer, salvo, quizás, no seguir el juego que ceba la propaganda. Con el dolor que la pandemia ha dejado tras de sí, sólo falta una guerra en suelo europeo para agotar las esperanzas.

Todo se vuelve crudamente local. Los conflictos, finalmente, repercuten en la vida de la gente. La política repercute en la vida de la gente, como le escuché decir una vez, con determinación, a Javier Cercas. Por eso la política es importante, aunque creamos que podemos ignorarla. Nos afecta, queramos o no. Nuestras elecciones también nos afectan. Las tensiones globales son fatalmente domésticas, y ahí está la brutal carestía de la energía para demostrarlo. Pero sólo es un síntoma, quizás, de males mayores. Asistimos a una polarización que ya no se limita a las redes. Asistimos a un triunfo de lo banal, de lo superficial, que no es otra cosa que una estrategia de embaucamiento, pues la política ha crecido como forma de propaganda.

En una entrevista con el gran filósofo Peter Sloterdijk leí que el mayor mal para Europa es la pérdida de su estilo de vida. Arrebatar a Europa su forma de ser, de entender la vida, aunque sea plural y distinta, supondría una gran derrota. Quizás no sabemos lo que tenemos, ni lo que podemos perder. El perfume acre de la guerra nos avisa de que nada es hoy periférico ni lejano. Dijo Sloterdijk: «hasta la decadencia europea es aún lo más atractivo que hay en el mundo como estilo de vida».
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