Supongo que podría saberse cuantas peluquerías hay repartida por todo este mundo. Y deben ser muchísimas. Peluquerías hoy unisex en muchos casos, y en otros totalmente específicas. Un peluquero, o peluquera, que no se me rebele el patio, está en nuestras vidas permanentemente. Uno no va al callista por sistema, tampoco al masajista, ni a tantos otros, pero sí al peluquero, que el pelo, aunque sea poco, tal cual es mi caso, crece y crece sin cesar. Incluso después de muerto. Creo.
Así que el peluquero, antes además barbero, cosa en desuso supongo que por eso del Sida, está siempre con nosotros, durante toda nuestra vida, convirtiéndose, quizás sin darnos cuenta, en receptor de nuestras confidencias y comentarios. Porque con el peluquero se habla, y si no, habla el peluquero.
En nuestro quehacer diario no le damos más importancia, pues somos uno más entre toda la población. Pero hay otros que no son tan anónimos: actrices, actores, políticos, millonarios hasta jefes de gobierno. Y todos pasan por sus manos.
Y Franco también tenía un peluquero, peluquero que iba todos los días a las nueve de la mañana al palacio de El Pardo a arreglarle el pelo y afeitarle. Todos los días.
Y le afeitaba con cuchilla, es decir, tenía su yugular, todos los días, a su alcance.
Como para no darle importancia al peluquero. Si tendría importancia que, una vez entraba en las habitaciones del entonces Jefe del Estado, el que fue jefe de su casa civil, Fuertes de Villavicencio, se apostaba en la entrada, y como Manuel, que así se llamaba el peluquero, tardara más allá de los quince minutos habituales, a su salida, de forma inmediata, estaba preguntándole: «¿Su Excelencia tiene algún problema?».
O sea, que el peluquero, el humilde y gris peluquero, sin duda alguna, como con cualquier otro fiel cristiano, era lo que siempre ha sido: receptor de información y propalador de las mismas. Siempre, y desde que existen.
Manuel fue peluquero de Franco hasta su muerte y era, a su vez, hijo de su anterior peluquero.
Se preguntará el lector de donde saco esta información. Bueno, pues ya es hora de decirlo, y no ha sido de la ‘wikypedia’ ni de ni del ningún libro o texto, si no, evidentemente, de él mismo.
Una casualidad de esas que no se pueden dejar escapar, si se presentan.
Mi hijo Jose Ignacio tiene la costumbre de que le corten el pelo bastante corto, al contrario de yo mismo que siempre lo llevo bastante largo, así que, aún no sé porqué, le pregunté que quién se lo cortaba, pues no era un corte normal. Y ahí empezó la historia. Estudiaba en Madrid, de esto hace más o menos veinte años, y residía en un Colegio Mayor, y ¡Oh sorpresa!, el peluquero del Colegio había sido el peluquero de Franco.
Eso era algo que no se podía dejar pasar, así que le pedí que me concertara una cita con él, para, por supuesto, cortarme el pelo.
Y así fue. Un jueves de mayo, a las seis y media de la me presenté en la peluquería del Colegio Mayor y allí me esperaba, maquinilla en mano para empezar la faena.
Y hablamos. Que si hablamos. Baste decir que salí de allí a las diez de la noche, tres horas y media de corte de pelo, y, además, al final, después de cobrarme algo así como trescientas pesetas, me invitó a cenar, cosa que tuve que declinar pues tenía una cena inevitable.
Ni que decir tiene que mi pelo, tras esas horas, además de una jugosa conversación, más de escuchar que de decir, mi largo pelo, quedó, más o menos, como el de mi hijo, o sea, totalmente corto. Pero no importaba, porque, tal y como yo me razonaba interiormente, todas las cosas tienen su precio, y no siempre es dinero.
Y no es que le tirara de la lengua ni nada parecido, pero era evidente que trabajar, más por entretenimiento que por otra cosa, en un sitio lleno de mozalbetes veinteañeros que de Franco sabían cómo se llamaba y poco más, el poder pegar la hebra con alguien que había vivido aquellos años, era una gloria para él.
¿De qué hablamos? De todo. Por ejemplo, ya que eso de la cocina y la comida me mola cantidubi, le pregunté sobre lo que se comía en El Pardo y si él se quedaba a comer allí. Respuesta: «ni en broma, solamente cuando llegaba algún invitado de Estado, y tenía que prolongar el servicio para él o ellos, me quedaba a comer. En mi casa se comía mil veces mejor. Allí se comía de rancho».
¿Y Carmen Polo? Pues no la tenía mucho aprecio que digamos. Más bien todo lo contrario, pues, según él, bastante de lo que se contaba era verdad.
¿Y Franco? Pues lo defendía y justificaba, cosa que tiene que ser evidente, pues si no, no se explicaría demasiado bien que, teniéndolo a diario bajo su cuchilla, no le hubiese entrado alguna aviesa tentación. Sí recuerdo, sin embargo, que justificaba al menos una parte de sus actos, por las presiones a que le sometían los generales que, en su día, le pusieron en la Jefatura del Estado.
Tres horas y media muy jugosas y divertidas, con comentarios que exceden en mucho la longitud de esta columna. Y como era evidente, le pregunté cómo no escribía o dictaba sus memorias, que muchas cosas tendría que contar y además desde una perspectiva inédita.
Pero no estaba por la labor; estaba claro que no era yo el primero que se lo apuntaba, pues, según me dijo, eso seguro que le iba a traer problemas, de los unos, o de los otros o de los dos.
Nos despedimos y nunca más supe de él. Y eso que intenté localizarle cuando, con motivo de algún aniversario que no recuerdo bien, en la prensa aparecieron varias entrevistas con personajes que en su época tuvieron contacto con Franco, y comentando mi corte-charla de pelo con Oscar Campillo, entonces ya en El Mundo, me pidió que lo encontrara. Pero no fue posible.
Y este fue, posiblemente, el corte de pelo más largo del mundo.
El peluquero de Franco
16/12/2016
Actualizado a
18/09/2019
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