Marta Muñiz

El pan y la esperanza

07/10/2017
 Actualizado a 16/09/2019
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La violencia jamás será el camino de ninguna conquista digna. Ningún tipo de violencia que atente contra personas pacíficas, sean estas manifestantes, votantes, policías o hijos de guardias civiles, sea ésta, una violencia física o verbal.

Estamos viviendo la mayor crisis política y social de nuestra democracia. ¿Quién nos ha llevado de la mano a este precipicio? Los políticos, sin duda. Los que alimentaron con su propaganda que Catalunya es un país, que somos diferentes, que España les roba y también quienes, desde sus peleas fratricidas, versión civilizada del duelo goyesco a garrotazos, no han sabido ejercer un contrapeso lógico a esa locura irracional llamada independentismo.

El peligro que tiene creerse superiores es que uno llega a sentirse invencible y así contagia a su pueblo y lo empuja a un referéndum ilegal que vulnera todas las normas del Estado de derecho, sumiendo a Catalunya en una incertidumbre económica y política sin precedentes, al borde del abismo.

Europa pide diálogo, pero para que ese diálogo sea de verdad fructífero, el bloque nacionalista debe abandonar su postura secesionista y regresar al marco de la legalidad. El 1-O ha enfrentado a amigos y vecinos, ha creado un clima de crispación de dimensiones estratosféricas. Sin embargo, España no son sus políticos ni tampoco lo son sus fantasmas. España somos todos los que compartimos una tierra plural que debe hacer de sus diferencias riqueza y de su diversidad un ejemplo de convivencia en armonía e igualdad.

El congreso de los diputados deberá buscar ese acuerdo entre todos los partidos que respeten la ley y la constitución, acuerdo que ofrezca, dentro y fuera de nuestras fronteras, una imagen fuerte y estable. Debemos olvidar etiquetas que conduzcan al odio y centrarnos en el objetivo común que nos hace falta: confianza y lealtad. Pero la unión no puede ni debe ceñirse al terreno político, corremos el riesgo de que se ignore el problema. No debemos delegar en terceros algo que nos incumbe a todos. El diálogo y la concordia deben partir de la sociedad. Habrá que buscar consenso, abandonar rencores y darnos la mano para crear un nuevo escenario que refleje una sociedad más madura y unida, un pueblo más próspero que no se deja manipular.

El nacionalismo se cura viajando, pero también leyendo, por ejemplo, a María Zambrano: «Tolerarse no es suficiente. Tolerarse es soportarse y, aunque es algo, no es creador ni caritativo. Convivir es más: es que las pasiones fundamentales, los anhelos, marchen de acuerdo. Es compartir el pan y la esperanza».

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