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El opio balompédico

José Luis Gavilanes Laso
23/07/2015
 Actualizado a 16/09/2019
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Vergílio Ferreira, un gran escritor portugués ya fallecido y propuesto varias veces para el premio Nobel de literatura, me dijo en cierta ocasión que cromosomáticamente no amaba lo español, aunque admiraba ciertas cualidades nuestras. Haciendo una comparativa con la idiosincrasia del portugués, apreciaba en los españoles virtudes de fuerza, energía, resolución y vivacidad contra la pachorra, el rito ceremonial, indolencia y quejumbre lusa. Ya Lope de Vega, a través de uno de los personajes de sus comedias, apostillaba: «Tanto lloráis, ¿acaso sois portugués». Pero –y aquí viene la adversativa–, me decía el mencionado escritor luso, estas virtudes reconocidas de ustedes los españoles suelen tornarse defectos, porque frecuentemente se exceden en sí mismas, cayendo grotescamente en su opuesto, esto es, en la demasía, incluso en la caricatura. No le faltaba razón. A mi juicio, esta reflexión cabe aplicarla a la práctica futbolística, que arrastra hoy, aquí y no solo aquí, a multitudes hasta frisar lo patológico, incluso lo criminal.

Tenemos los españoles diferencias según las regiones y los pueblos, pero como denominador común gran facilidad en volcarnos y vaciarnos hacia los extremos, tanto en la voz como en el pensamiento, tanto con la boca cerrada como con la lengua descompuesta. La moderación es muchas veces rebasada por la exageración y la grandilocuencia; la civilización por la barbarie; la modestia por el orgullo y la soberbia; la educación por la grosería; la humildad por la petulancia. El término medio no es virtud ni siquiera existe, porque al ojo hispano significaría debilidad. Y el disgusto o el contratiempo lo eleva el pueblo llano en blasfemia escatológica hacia el altísimo, porque ya no hay nada más arriba con quien desfogarse.

Ningún lugar mejor para reflejar estas antinomias que en un estadio de fútbol. El comportamiento de una masa de individuos que concurren en las gradas de unrecinto futbolístico es un fenómeno que se desborda en mayor o menor medida de su, en teoría, cauce genuino: presenciar festivamente un espectáculo estrictamente deportivo. Sobre él inciden intereses económicos y mediáticos, a la vez de comportamientos masivos que desvirtúan lo que simple y gozosamente debería ser un juego divertido, reparador y evasivo de adversidades. Consecuentemente, el enfrentamiento entre dos equipos sobre el verde césped se convierte muchas veces en cualquier cosa menos un ejercicio lúdico o deleite gratificador para el espíritu, como acontece con otros espectáculos de masas: un concierto de música, espectáculo de danza, teatro, circo, cine o cualquier otra manifestación tocada por el arte, incluso las corridas de toros, por ser ocasión pintiparada para que salgan a relucir los más bajos instintos. Rebasados sus genuinos cauces, el fútbol se convierte desde la grada en un vomitorio de invectivas de todo tipo contra los supervisores del juego y contra los jugadores, cuando no una lucha cruenta entre los partidarios desmedidos o forofos de los distintos equipos enfrentados. Ahora que está de moda Grecia, el culto y equilibrado catedrático de griego, que pasea educado por la calle, apenas entra en el estadio de fútbol, deja de ser todo lo que es, para gritar ánimos o denuestos; en todo caso, para comportarse de un modo totalmente anormal.

Pero lo que a un servidor más le llama la atención no es que el fútbol sea un desahogo, tal vez necesario para expulsar lo que de salvaje residual aún nos queda en el alma. Del mismo modo que el cuerpo necesita defecar, también el espíritu tiene sus letrinas. El hombre no deja de ser un animal que naturalmente vive en comunidad y ha de vaciar violentamente sus instintos en luchas religiosas o sociales por intereses políticos o económicos, hasta que la civilización lo apacigüe por entero, si ello no resulta todavía hoy una utopía. Las guerras que no cesan lo confirman. Y como reemplazo o encauzamiento de las mismas, he aquí la canalización cívica a través de campeonatos deportivos nacionales e internacionales de todo tipo. Para evitarlo, la entrada en los estadios, como campos de concentración pelotonera, deberían llevar el lema: «El insulto no os hace libres».

Lo que con sorpresa más me llama la atención no es que el fútbol tenga ese contenido antedicho de desahogo verbal canalizado en juego, sino que haya transformado a las gentes que lo contemplan con fervor casi divino en un ejercicio de distracción y aborregamiento masivo, para mayor gloria y beneficio de quienes pueden aprovecharse de esa situación, consiguiendo que haya competición futbolera todos los días de la semana. Tal es así, a mi modesto juicio, que el fútbol se ha convertido en fenómeno llegado a reemplazar a la religión en lo que Carlos Marx definió como el «opio del pueblo». Estadios llenos e iglesias vacías. Porque el fútbol, para esta afición morbosa y desmedidamente fervorosa que acude a los estadios, se ha convertido en droga, esto es, en una necesidad de aquello que no necesita. Y ahí están para que la cosa sea efectiva, los oficiantes desde sus alcachofas microfónicas animando al feligrés para que no decaiga: «extraordinaria, sacrificada y sufrida afición», «por la que hay que dejar la piel en el campo», «que se merece todo» etc., convirtiendo las incidencias de un simple juego en un asunto poco menos que «trascendental», elevando a los altares a las figuras más descollantes que embolsan millones de euros como castigo. Mientras que gentes obnubiladas y no sobradas de cuartos, acuden fascinados a los estadios o a la caja tonta en defecto de otros divertimentos culturales que, para su desgracia, serían menos alienantes y más enriquecedores.
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