Deserta la ‘fábrica de chocolate’ llamada Ferrovial mandando sus sobres dorados a los Países Bajos después de haberlos sellado aquí y la oposición culpa al gobierno revelando una vez más que ese patriotismo tan vociferado es solo pose pero no atañe a dineros e intereses. España, esa palabra mágica de cuento que todo lo puede, germen de encantamientos, estalla sin ruido como una burbuja de jabón. Mientras, se nos van los ojos a un señor de noventa y pico años pasado de vueltas que como mucho debería servir para plantear ciertos retiros forzosos y repasar la Transición como ese gran cuento de brujos pirujos de nunca acabar.
Otro ejemplo lo ha dado un comité electoral compuesto de ‘Matilda’ y ‘El gran ascensor de cristal’ que pretende contarnos el cuento de que las elecciones municipales van a servir para echar a Sánchez. El sanchismo y el socialcomunismo son versiones oleaginosas de la pompa España, las maldiciones de un averno muy conveniente: a su costa hay demasiada gente que no tiene que dar explicaciones. Y no las da ¿Se han preguntado qué es el sanchismo? ¿Y el socialcomunismo? ¿Y por qué no se denomina al gobierno de esta región popular-fascista? Igual porque suena fatal, pero todo es acostumbrarse. El de la región madrileña, cenáculo filosófico de donde viene este ‘melocotón gigante’, paridero de toda simpleza, podría llamarse ‘El dedo mágico’. Así se titula la historia de una niña que se enfurruña y señala a sus vecinos para escarmentarlos. Un cuento de Dahl, claro.
Hay relatos con tanto cargamento de agravio y falsedad que ofenden lo único que no cabe ofender de ninguna manera, la razón. Pero en las guerras de moralina se nos va la fuerza por la literatura y se atiende menos a los relatos-basura o recalentados que a las ‘crudités’; nos cuentan una ficción ridícula para que no catemos una realidad que da alergia pelar.
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