Cada vez hay más gente que cree que el mar son solo las olas y cada vida una medida imprecisa del tiempo. Contaba esta semana una ponente en una conferencia sobre cómo comunicar que sus hijas ‘millennials’ se definían ante la sociedad con una colección interminable de etiquetas (ecologista, vegana, animalista, feminista...). Un tamiz superficial y engañoso que aplicaban a toda la información y la toma de decisiones en su día a día. En la era de la posverdad, que es la nueva máscara de la vieja mentira, el postureo activista es lo que antes llamábamos prejuicios. Así las etiquetas (machista, taurino, españolista, intolerante...) desfiguran la realidad de una forma superficial y grotesca cuando la desinformación descontrolada se convierte en ruido. Este mundo es demasiado complicado como para explicarlo a golpe de consigna.
«Algunos solo quieren la naturaleza sin el hombre» sentencia el Consejero de Medio Ambiente, Juan Carlos Suárez-Quiñones, cuando le preguntan por el rechazo de las organizaciones ecologistas a una nueva regulación que permita cazar más lobos como medida de autoprotección de las granjas. Se han registrado más de 1.500 ataques en lo que va de año. El lobo. El bello, salvaje y misterioso lobo ibérico. Una de las especies más temidas y fascinantes de nuestra fauna que tras décadas de protección ahora amenaza con extinguir las pequeñas explotaciones ganaderas de la meseta. El lobo siempre comió ovejas y hasta abuelitas en los cuentos donde los aldeanos se defendían con escopetas. ¡Qué bárbaros por atacar a la bestia que descuartiza su ganado!
Las etiquetas dibujan por desconocimiento paisajes de trazo grueso donde la naturaleza es un lugar idílico, de convivencia pacífica por el buenismo de las especies que danzan felices entre la maleza y en las colinas. Ya siento provocar decepción al tener que decirles que un ecosistema es el escenario más cruel jamás imaginado. Allí sobrevivir es un acto de heroísmo, allí la mayor parte de las veces matar es proteger la vida, allí el equilibrio es cuestión de sangre y vísceras. Pero todo eso cada vez está más lejos de nuestra selva de asfalto.
El hombre (los pocos puñados de hombres y mujeres que aun habitan nuestros pueblos) es una especie más en peligro de desaparición en el ecosistema rural tan amenazado por la despoblación como por el integrismo verde. Sin ganaderos se extinguirán los rebaños de ovejas, sin agricultores se morirá la flora y fauna relacionada con las cosechas, sin cazadores se desajustará (como ya sucede) la proporción entre depredadores y presas. Sin todos ellos habremos clavado dos puntas más en el ataúd de los pueblos camino del cementerio que se comen las malas hierbas. La tierra baldía es estéril. Los montes olvidados son marañas de zarzas y tamuja. Las pancartas son para las ciudades y la convivencia es posible, lo fue durante siglos. Pero las normativas deben entender la ley del campo, la batalla por la supervivencia, en la que también están los ganaderos. Protegidas las especies no expulsemos a los pocos valientes que a pesar de los precios ruinosos, de los abusos de la cadena agroalimentaria, de la falta de infraestructuras y servicios... todavía siguen viendo amanecer cada mañana entre mugidos, balidos y manos ajadas de esfuerzo. «Temías perderla y la has asesinado» escribía Hermann Hesse en ‘El lobo estepario’, en su introspección de la locura y de la existencia. «El hombre es un lobo para el hombre», ya lo sabía Hobbes. Que te clava la mirada y aprieta los dientes. Justo entonces, te ha juzgado.
El lobo mesetario
25/10/2018
Actualizado a
19/09/2019
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