No me considero en absoluto nacionalista ni independentista, todo lo contrario. Siempre he pensado que la unión hace la fuerza. Sin embargo, hay alianzas tan forzosas, tan generadoras de desigualdades, que resulta imposible ser fieles a los pactos que las originan. No se puede resistir, ni asumir, ni digerir esta anexión a Castilla sin que se nos indigesten el orgullo y la dignidad. A León no le favorece, es como vestir de blanco a un albino. Día tras día, año tras año, esta situación de dependencia genera a la provincia de León más pobreza, más miseria, más olvido.
Esta comunidad que alimentamos entre todos como a un elefante hambriento nos deja a la cola en ritmo de crecimiento, por detrás de Soria y de Palencia. ¿Cómo es posible que una provincia tan grande y tan llena de recursos sea incapaz de remontar? ¿Quién conspira hasta robarnos el aliento?
Decía Julio Llamazares en un artículo publicado recientemente en este diario que «el problema de León es terminal» y se lamentaba, como yo lo hago hoy desde esta tribuna, de la inacción de los políticos que nos representan, pero también de la pasividad de sus habitantes. Esta ciudad vive dormida en el silencio y no reaccionará hasta que el mundo se derrumbe ante sus ojos.
En la famosa canción de Los Tokens el león duerme tranquilo, tiene la vida solucionada. Nosotros no, tenemos que prever nuestro destino. Como diría el gran César Vallejo, perdonen ustedes la tristeza, no suele ser mi estilo, es sólo que a veces es necesario el grito.
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