Pocas cosas despiertan tanto debate como el lenguaje inclusivo. Para algunas personas es una forma necesaria de visibilizar, para otras no pasa de ser un capricho moderno o una moda pasajera. La pregunta suele repetirse: ¿sirve realmente para algo, o es puro postureo?
El lenguaje no es neutro: construye la manera en que vemos el mundo. Cuando decimos «los hombres» para referirnos a toda la humanidad, las mujeres desaparecen del discurso. Cuando en un aula un profesor pregunta «¿hay algún voluntario?», muchas niñas sienten que la llamada no va con ellas. No es casualidad: las palabras importan porque dibujan los límites de lo que pensamos posible.
Usar lenguaje inclusivo no es inventar nada extraño, sino ajustar nuestras palabras a la realidad. Somos mujeres y hombres, niñas y niños, personas con identidades diversas que merecen estar nombradas. Y nombrar es reconocer.
¿Que a veces se hace pesado escuchar desdoblamientos interminables? Sí. ¿Que hay propuestas que suenan artificiales? También. El lenguaje está vivo, cambia con los usos, y seguramente encontremos fórmulas más fluidas en el tiempo. Pero lo importante es la intención: dejar claro que no hablamos solo de unos, sino de todas y todos.
Quienes critican el lenguaje inclusivo lo reducen a una cuestión estética, como si bastara con decir «todos» para que las mujeres estemos incluidas. Pero la experiencia demuestra lo contrario: cuando no se nos nombra, se nos olvida.
En los pueblos se decía «los mozos» para hablar de la juventud, aunque hubiera chicas; «los hombres» para hablar del vecindario, aunque las mujeres sostuvieran medio pueblo. Y ese hábito, repetido, reforzaba la idea de que lo femenino era secundario, invisible.
Por eso, el lenguaje inclusivo sirve: porque rompe inercias, porque nos obliga a pensar en quién falta en la frase, porque abre huecos donde antes había silencio.
No es postureo nombrar lo que existe. Postureo es fingir que la igualdad ya está conseguida y que las palabras no tienen nada que ver con ella.