Las reuniones de la Comisión imperial se desarrollaron con gran bullicio y sesudas discusiones. Sus miembros se afanaron en recabar datos, redactar informes y dibujar mapas, y alertaron al Emperador de que una profunda desigualdad se estaba estableciendo entre los territorios. En unos, las industrias eran florecientes y el trabajo abundaba, pero en otros apenas se habían producido inversiones imperiales y las comunicaciones eran tan deficientes que ningún empresario quería instalar una fábrica con la que dar empleo, y en consecuencia, muchos de sus habitantes abandonaban sus casas y vagaban por el Imperio buscando con qué subsistir. Cuando el Emperador oyó esto, palideció aterrorizado. Se imaginó a esas turbas desocupadas y ociosas generando tumultos y consideró que de este modo empezaban las revoluciones. De manera que corrió a la cámara del Tesoro Real, abrió sus puertas y ordenó a sus ministros que toda esa fabulosa cantidad de oro y joyas fuera repartida entre las gobernaciones que, según los informes, eran pobres.
Todo aquel inmenso tesoro llegó así a los gobernadores. Pero estos, conscientes ahora de gobernar un provincia pobre, en vez de gastarlo en las poblaciones y barrios en los que vivían los pobres, se dedicaron a enriquecer sus palacios, a llenar de lujosas farolas las avenidas de sus respectivas capitales y a embellecer aún más los bellos barrios de las aristocracias locales. Nadie les llamaría pobres nunca más.
Años después, ya en el exilio, el Emperador se quejaba amargamente de la ingratitud de ese pueblo al que regaló su tesoro.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.