Cuando lean estas líneas, yo ya no estaré en la ciudad que ha sido mi hogar durante julio y agosto. Ya no tendré la playa a cien metros de casa ni podré desayunar tostadas con mermelada de naranja amarga mientras una pequeña perra de menos de dos kilos revolotea alrededor. Tampoco seré parte del equipo de la televisión asturiana ni podré coger el coche e irme a descubrir esta región que tienen al norte. No compraré más rosas rojas a María ni comeré más croquetas de jamón en uno de mis bares favoritos. Por el contrario, aunque ya estaré reunida con mi familia y mis amigos, sabré que me esperan varios meses agotadores. Qué dificil decir adiós cuando lo último que quieres es irte.
Mi madre siempre dice que si te pones la chaquetilla en mi pueblo, es que ya ha llegado «el final del refinal del verano» y que ya no hay vuelta atrás. El jueves ya me dijo que se la habían tenido que poner todos. Mi abuela ya ha hecho sus maletas para volver a Madrid y yo estoy a horas de deshacerla ya en la capital. Por ahora, solo sé que el día seis vuelvo a clase y que el viernes fue mi último día en Gijón. Como siempre queda abierta la puerta a una vuelta, yo sé que volveré. Lo prometo y me lo prometo.
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