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El fin de la cadencia

28/06/2018
 Actualizado a 17/09/2019
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Tienen los debates parlamentarios una tendencia al aburrimiento, al sopor de hemiciclo que no se evapora ni siquiera en las grandes citas anuales y menos en el trámite del Debate del Estado de la Comunidad. Castilla y León es una tierra serena, que se deja llevar por el paso de la Historia y que «no levanta la voz». Es lo que terminó sentenciando Juan Vicente Herrera en una de las réplicas a Luis Tudanca. Porque Castilla y León ha ido acompasándose a la cadencia pausada del presidente de la Junta, diecisiete años y tres meses hasta la fecha, a una cadencia sin ritmo ni gracia. Castilla y León se ha acomodado al ‘herrerismo’ y también sus Cortes y sus plenos, donde uno (sea procurador, periodista o invitado) ya va predispuesto al tedio. Así el presidente hizo balance sin hacerlo, arrojó puñados de cifras como dictando bienes de un legado listo para rubricar en testamento, con Mañueco junto a la cama igual que en el cuadro de Eduardo Rosales durante la agonía de Isabel La Católica. Con su grupo arrancándose en aplausos rutinarios cada vez que terminaba de analizar un tema, palmas de mano floja, porque desde el fin de las mayorías absolutas ya no hay ovación de partido que llene el cubo del hemiciclo.

No quiso despedirse Herrera en su discurso, aun quedan meses de precampaña... quería decir... legislatura. Pero su característica cadencia sonaba más que nunca a despedida, tanto que algunos incluso empezamos ya a añorarla. Tan solo apostilló al hablar del diálogo social que el éxito del modelo de nuestra región «no es cuestión de personas» y bien podía haber dicho lo mismo al hablar de dependencia, de educación o de la reforma del Estatuto de Autonomía.

Esta cadencia laxa contagió hasta a la oposición, que se fue dejando llevar a lo largo de los poco más de 90 minutos en los que el presidente diseccionó la marcha de nuestra comunidad. Empezaron tomando notas Luis Tudanca, Pablo Fernández y Luis Fuentes. Poco más de folio y medio llenó el portavoz socialista que tenía copia del discurso de Herrera (reminiscencias del bipartidismo). Algo más estuvo anotando Luis Fuentes con cara de esfuerzo, de esmerarse en la caligrafía como en un cuaderno de Rubio, que el que no memoriza necesita entenderse bien la letra. No paró de escribir y escribir Pablo Fernández, el único fuera del hechizo ‘herreriano’, el único que negaba y gesticulaba las sentencias estadísticas del presidente mientras completaba folios y folios. Escribió tanto que luego habló a cientos de palabras por minuto, quería que entrasen en su media hora todas las legislaturas.

En el cuerpo a cuerpo, el guión también estaba escrito. Irrumpió a su hora la despoblación igual que en todos los debates anteriores, pero aumentando la sangría y los pueblos cerrados. La reforma de la financiación autonómica volvió a quedarse en los plazos y las urgencias nacionales. Golpeó la corrupción justo en el momento en el que una ujier le dejaba un sobre bien cerrado a Tudanca en el escaño... pero eran caramelos. Y Gobierno y PSOE se lanzaron el carbón a la cara disputándose la paternidad de la culpa y de la prisa. Herrera contaba con la descarbonización en 2030 que exige la Unión Europea y no concibe que el nuevo ejecutivo de Sánchez quiera matar antes al muerto. Que aquí estamos acostumbrados a morir, pero sin prisas. En una cadencia que acaba en decadencia.
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