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El feudalismo académico

22/03/2018
 Actualizado a 10/09/2019
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Castilla y León es el alma de esta maltrecha España. Un poso pausado y sabio, casi siempre callado. Que no rompe el silencio si no es para mejorarlo, como aconsejaba Beethoven. Que respira hondo en el cielo que se despliega como un océano sobre el páramo y que inspira puro en las desafiantes montañas que la cercan. Quizá por eso esta tierra esté situada en el corazón de la península, al lado izquierdo y un poco al norte en la piel de toro (con permiso de los animalistas), resguardada del ruido de la capital y del oleaje de las costas. Ya sabíamos que Castilla y León enseña a marcharse. Que el nivel educativo es más alto que la media, que nuestros niños y adolescentes aprenden más y mejor aquí, que aprenden para luego desarrollar sus trayectorias profesionales lejos, siempre mas allá de todas esas montañas. Así presumen orgullosos cada vez que llega un informe Pisa los políticos, qué bien preparamos a nuestros alumnos para comerse el mundo, que está allá fuera, fuera de este vasto territorio que es sobre todo memoria. Lo que no sabíamos con tanta claridad, al menos la mayoría, es que Castilla y León también es la universidad de España. Y no por sus campus centenarios de piedra de Villamayor o arquitectura renacentista. Ni por los Fray Luis León, Unamuno o Delibes que habitaron sus aulas. Muchos estudiantes llegan de otras autonomías porque allí no ha arraigado como aquí el ideal de excelencia académica. Hablando en plata: porque sus exámenes de acceso a la universidad son más fáciles y consiguen mejores notas que los nuestros para ocupar aquellas plazas a las que solo se accede por méritos académicos.

Las 17 pruebas de la Ebau (la antigua selectividad) es otro de los disparates del autonomismo desintegrador. No basta con haber hecho crónica la búsqueda de un pacto educativo nacional que evitara los temporales ideológicos que azotan los pupitres las legislaturas impares. La transferencia de las competencias en educación a las autonomías ha degenerado en 17 Españas distintas que pueden leerse sin superposición en otros tantos libros de texto. Hay una historia de unas Españas que las otras no conocen, no enseñan o manipulan sin sonrojo. Hay literatos proscritos en ciertas regiones que son inspiración en otras. En un asunto tan serio como la educación, donde debería apuntalarse el proyecto y la conciencia de país, es donde antes se materializó el federalismo. O incluso el feudalismo académico. De este modo tan grotesco esta tierra de escasas oportunidades tampoco brinda ni siquiera el privilegio de la formación universitaria para todos los mejores de los nuestros. Hay alumnos brillantes que son desterrados para acoger sin remedio a los que en otras autonomías se auparon a un 10 asequible que aquí es prácticamente inalcanzable. Mala estrategia la de seguir expulsando a los mejores para quedarse solo con los buenos. Al rebufo de las protestas ha comenzado a elevar la voz el Gobierno autonómico. Juan Vicente Herrera y Fernando Rey han solicitado una Ebau única para todo el territorio nacional. Esta misma semana los consejeros de educación de Extremadura y Castilla-La Mancha visitaron Valladolid y no vieron ningún problema en el actual multiformato de la prueba. Desde luego, porque el problema es nuestro y sus alumnos algunos de los beneficiados. Habrá que pelear mucho para que escuchen los que hacen oídos sordos y se eleve el listón en otros lares en vez claudicar ante más mediocridad ‘cum laude’.

Mientras este 2018 la mayoría silenciosa de Castilla y León se despereza por colectivos y ha vuelto a tomar las calles despedazando los cálculos electorales a prácticamente un año para las elecciones locales, autonómicas y europeas. Lo hicieron las mujeres el 8 de marzo y los pensionistas el pasado fin de semana. Este viernes serán los estudiantes para pedir una Ebau justa. A veces, incluso aquí, es necesario romper el murmullo silencioso de la primavera.
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