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El ‘felpudismo’

22/09/2018
 Actualizado a 12/09/2019
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Una de las personas que más me marcó en los duros años adolescentes, esos en los que al menos yo estaba bastante perdido y mi único objetivo era ir a la Tropicana y preocuparme de tonterías y memeces, fue el gran Vicente de la Varga y Bayón. Igual que luego en la etapa preuniversitaria lo hicieran los Avelinos y José Enriques como él cariñosamente les llamaba.

Don Vicente, natural de Cifuentes de Rueda, era un profesor licenciado en Filología Románica por la Universidad de Oviedo. Deben saber que yo nunca tuve la ocasión de asistir a sus clases, sin embargo lo que sí me llevé fueron varios veranos de clases particulares ‘de la vida’ que únicamente se paraban cuando le tocaba jugar al hoy líder del PSOE local, ¡Menudo crack!

Aquellas mañanas ociosas de verano en la Venatoria en las que los chavales compartíamos no solo frontón, sino también magníficas charlas con personas mayores que, mientras esperaban su turno para saltar a la cancha, te enseñaban como son realmente las cosas.

El gran Vicente siempre repetía que todo debía tener un contexto, y si me lo permiten, les diré que puso nombre a una corriente que hoy día y con el paso de los años ha evolucionado hasta extremos impensables y eso que empezaron dando fuerte. El ‘felpudismo’, esa corriente nutrida de un tipo de seres que no voy a comentar ya que prefiero que cada uno se haga su composición del lugar y automáticamente, como dicen en las redes sociales, ‘etiqueten’ a sus candidatos.

Aquello estaba formado por gorrones, cantantes, vividores… pero sobretodo los nuevos reyes del mambo, que no se sabe exactamente con quien han empatado y por qué se creen semidioses, si son incapaces de distinguir si están de pie o ‘de pies’.

Tener éxito en la vida no es pegar un pelotazo y ganar más millones que melones, o comprarte un coche más caro y más grande que tu mayor competidor. Ser reconocido por una sociedad, no te lo dará el veranear en clubs privados de playa, igual que ‘la clase’, no te la darán unos tacones rojos, ni los bolsos más caros del barrio de Salamanca. Porque como dice mi querido Don Draper: «¿Quieres respeto? Ve fuera y consíguelo por ti mismo».

Vicente se fue hace ya unos años, y son muchos los días en los que cuando entro por la puerta del Club del Paseo del Parque me viene a la mente la imagen de aquel genial tipo que fumaba Winston con boquilla, que tenía arte hasta para ver las procesiones, porque siempre se buscaba un balcón como el de los señores, como el del Sr. Rubio en Santo Domingo.
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