Lo primero que se me ocurrió fue enviar correo al muro de la empresa con el escueto mensajede ‘anular Facebook’. Mis hijos son los que más saben de estas cosas, y enseguida decidí ponerme en contacto con ellos para que me orientasen sobre las normas a seguir en el asunto.Al otro lado del teléfono me recibió la risa despampanante de Elías. Según él aseguraba, sin parar de reír, mi mensaje se lo había enviado no al muro de Facebook sino, por fortuna, al ‘muro’ de nuestra familia y que, gracias a ello, no pudo recibir la internacional empresa aquel ‘anular Facebook’ que parecía toda una especie de atentado contra Facebook, y que tenía que dar enseguida marcha atrás. Así lo hice. Luego me propuso responder a los otros correos, si me parecía bien, a los de ellos… y de ellas (de ellos, sobre todo, aseguraba observando el entrecejo de su madre). Lo primero que se me ocurrió fue escoger de entre mis fotografías la más apropiada para el caso, aquella que me hice quince años atrás, entre sonriente y sabelotodo, y que iba plasmando en la solicitud de amistad que me reclamaban los remitentes.
A partir de ahí resultaba extraño el día en que, al abrir el ordenador, no me encontrase con infinidad de reclamos solicitando una amistad que yo siempre había asumido, no como algo circunstancial, sino como una forma de equilibrio para andar por este mundo de nuestros pecados. Todas y cada una de aquellas amistades sabían de mi vida casi tanto como yo, o al menos eso parecía, pero lo que me empezaba a preocupar era aquel afán, de los unos y de las otras, por enviarme mensajes a cualquier hora, flexible como soy si se trata de dejar claro mi desprendimiento. De tal manera han llegado a multiplicarse los redichos mensajes del Facebook que he decidido desconectarme a su solicitud de amistad, sin más. De vez en cuando, sin embargo, a la hora de abrir el ordenador ojeo, como el que no quiere la cosa, en la referida solicitud de amistad a algún amigo-a por ver si acierto a comprobar sin son ellos, o soy yo, quien se encuentran en el candelero de la antedicha incertidumbre, no vaya a ser que me haya dejado algo en el entramado.
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