Que más de 1.600 hectáreas hayan ardido ya este verano en El Bierzo no puede interpretarse como una desgracia inevitable. El fuego forma parte de la realidad mediterránea, pero la magnitud de sus consecuencias depende en gran medida de las decisiones que se toman durante el resto del año. Cuando las llamas llegan, ya es demasiado tarde para improvisar. Conviene reconocer el extraordinario trabajo de los profesionales que combaten los incendios, pero también exigir que su esfuerzo no sustituya una política forestal ambiciosa. Limpiar montes, mantener cortafuegos, favorecer la actividad ganadera y agrícola y recuperar población en el medio rural son medidas tan importantes como disponer de medios aéreos o terrestres. Tampoco puede olvidarse la responsabilidad de quienes provocan incendios por negligencia o de forma intencionada. Cada hectárea calcinada supone un golpe al patrimonio natural, a la economía y al futuro del territorio. El Bierzo merece dejar de protagonizar cada verano el mismo drama repetido una y otra vez. Pero junto a las inversiones, la vigilancia y la persecución de los incendiarios, hay un elemento igual de importante: la concienciación social. La inmensa mayoría de los ciudadanos actúa con responsabilidad, pero basta un descuido para desencadenar una tragedia. Porque evitar un incendio siempre será mucho más eficaz, barato y humano que intentar apagarlo cuando las llamas ya se han desatado.
Fuego tras fuego, la misma lección
El Bierzo vuelve a sufrir una campaña de incendios devastadora que obliga a reforzar la prevención, perseguir con firmeza a los culpables y asumir que el monte necesita gestión durante todo el año
30/06/2026
Actualizado a
30/06/2026
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