Los datos de siniestralidad este verano en las carreteras leonesas obligan a encender las alarmas. El número de víctimas mortales ha sido más del doble que el del periodo del año pasado, un incremento demasiado grave para atribuirlo al azar o aceptarlo como una oscilación estadística. Detrás de cada cifra hay una vida perdida y familias golpeadas para siempre, por lo que es necesario hacer análisis, sacar conclusiones y poner de inmediado todas las medidas que sean necesarias para evitar que esto ocurra. Las carreteras son esencialmente las mismas y algunas incluso han sido mejoradas. Es cierto que todavía quedan puntos negros por corregir y actuaciones pendientes que las administraciones deben afrontar sin demoras. La conservación, la señalización y la vigilancia también resultan fundamentales. Pero, si la infraestructura apenas ha cambiado, la conclusión más evidente es que los conductores se han relajado. El exceso de confianza, las distracciones, el teléfono móvil, la velocidad inadecuada o el cansancio pueden convertir cualquier trayecto rutinario en una tragedia. Ninguna campaña sustituye la responsabilidad al volante. Las normas no son una molestia, sino una protección. Duplicar las víctimas en un solo verano exige recuperar prudencia, atención y respeto, porque en la carretera el menor descuido puede resultar irreversible.
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