León llevaba demasiado tiempo acostumbrada a mirar cada estadística demográfica con resignación. Por eso resulta positivo comprobar que la provincia encadena ya casi dos años ganando población y suma de media más de un centenar de residentes al mes. No es un dato menor en una tierra marcada durante décadas por la pérdida constante de habitantes. Sin embargo, conviene evitar triunfalismos prematuros. Porque una cosa es frenar parcialmente la caída y otra muy distinta revertir el problema estructural que arrastra la provincia. León sigue envejeciendo, sigue teniendo más muertes que nacimientos y continúa perdiendo demasiados jóvenes que se marchan en busca de oportunidades laborales y vitales que aquí no encuentran. El crecimiento actual se sostiene sobre todo gracias a la llegada de población extranjera y al retorno puntual de algunas familias. Y eso demuestra algo importante: León continúa siendo una tierra atractiva para vivir cuando existen oportunidades y calidad de vida. Pero precisamente ahí está la cuestión. Sin empleo estable, vivienda accesible, infraestructuras modernas y servicios públicos sólidos, cualquier recuperación demográfica será demasiado frágil para convertirse en futuro.
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