Los incendios impresionan porque dejan imágenes devastadoras, pero el calor extremo mata con un enemigo mucho más silencioso. Las estimaciones oficiales atribuyen ya 41 fallecimientos en la provincia de León durante junio y julio a las elevadas temperaturas, una cifra que convierte este verano en uno de los peores de la serie histórica. No se trata de alimentar alarmismos, sino de asumir una realidad incómoda. El cambio climático ya no es una discusión ideológica, sino un desafío sanitario, económico y social. Las olas de calor son más frecuentes, más largas y más intensas, y afectan especialmente a quienes presentan una mayor vulnerabilidad, como los ancianos o las personas con enfermedades previas. Las administraciones deben reforzar la prevención, mejorar la información y proteger a los colectivos de riesgo, pero también la sociedad debe adaptarse a un escenario distinto. Negar la evidencia solo retrasa las soluciones. Cada verano confirma que el calor extremo ha dejado de ser una excepción para convertirse en una amenaza permanente que exige responsabilidad colectiva y decisiones valientes. A ello no ayuda, por ejemplo, la tala indiscriminada de árboles y la apuesta por el cemento como único escenario urbano.
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