07/06/2026
 Actualizado a 07/06/2026
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El espíritu entero de una obra cabe a veces en un fotograma, un movimiento de cámara, una frase de guion o un solo gesto de sus intérpretes. Así ocurre en ‘El drama’, segunda película del director Kristoffer Borgli –que tiene su mayor reclamo comercial en Zendaya y Robert Pattinson, su pareja protagonista– cuando la coreógrafa que ambos han contratado para que les enseñe a bailar en su boda pronuncia, ante el estupor de los novios, que «toda boda no es más que puro postureo». La celebración del amor que es todo matrimonio no sería, en efecto, más que una escenificación preparada y artificial, por mucho que se base en sentimientos honestos y profundos, del mito romántico que, aun con las grietas que arrastra desde hace décadas como consecuencia de las críticas procedentes de los feminismos y del movimiento LGTBIQ+, sigue moldeando la manera en la que se desea, se experimenta y se siente el amor como una fuerza capaz de todo. Según esta construcción cultural, el amor entre dos personas que están a punto de casarse debería descansar en la confianza absoluta, la sinceridad plena y el conocimiento transparente del otro. Un amor irrompible, verdadero en tanto que se presume eterno o, al menos, duradero hasta que la muerte los separe. Lo esencial en la boda es, por tanto, que todos los invitados, familiares y amigos de los novios, incluso los conocidos más lejanos, sean testigos del espectáculo. Porque si ese ideal amoroso sigue ocupando el centro de las sociedades contemporáneas, si continúa constituyendo la máxima aspiración vital de tantos individuos, si su ausencia sigue interpretándose como una forma de fracaso social –no hay cosa peor hoy en día todavía que un solterón y, especialmente, una solterona–, una boda es la ceremonia por antonomasia, el acontecimiento que certifica públicamente que una vida ha encontrado finalmente su sentido, su razón de ser.

Por eso, cuando todo se desbarata días antes de la esperadísima fecha en ‘El drama’ por un suceso inesperado que es mejor no desvelar –conviene acercarse a esta película conociendo lo menos posible de su argumento–, cuando la realidad revela ser mucho más compleja de lo que esa concepción idealizada del amor presupone, cuando se descubre que toda persona guarda secretos que tiene derecho a conservar y que ni siquiera su pareja puede conocer –como insistía hace apenas unos meses otra película espléndida, ‘Una quinta portuguesa’ (Avelina Prat, 2025)–, se resquebraja uno de los pilares sobre los que descansa toda una visión del mundo. De ahí la profunda incomodidad que siente el espectador ante la sucesión de descalabros que vertebran el muy bien escrito guion de Borgli. Aunque el frenético y caótico montaje –que intercala pasado, presente, ensoñaciones e imaginaciones– puede resultar agotador por momentos, es precisamente esa incomodidad la que termina atrapando al espectador, sostenida además por las magníficas interpretaciones de Zendaya y Pattinson. Y toda la cadena de derrumbes sentimentales encuentra su justificación en el final, la única representación verdadera de toda la película: la de que las bodas contienen inevitablemente una parte de farsa, pero no porque el amor sea falso, sino porque amar bien exige tanto aceptar esa zona de opacidad que acompaña a toda relación humana como renunciar a la fantasía de entender plenamente al otro. Nadie conoce del todo a la persona que ama ni puede aspirar realmente a ello, por mucho que invite a hacerlo esa ficción del amor romántico que películas como ‘El drama’ desmontan con ingenio, elegancia y muy mala baba.

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