Pocos directores poseen un imaginario reconocible con la inmediatez de Steven Spielberg. A lo largo de más de cinco décadas de carrera, el cineasta estadounidense ha construido una filmografía atravesada por una serie de obsesiones que reaparecen una y otra vez bajo formas distintas: el sentido de la maravilla y de la espectacularidad que convirtió títulos como ‘Tiburón’ (1975), ‘En busca del arca perdida’ (1981) o ‘Jurassic Park’ (1993) en hitos de la cultura popular; una capacidad casi única para emocionar sin renunciar por ello a la complejidad moral de sus historias; la mirada centrada en la infancia, con sus miedos, descubrimientos y heridas, tantas veces convertida en puerta de acceso a los grandes conflictos del mundo adulto –las películas de Spielberg están pobladas por niños que afrontan como pueden una realidad que los desborda, como los protagonistas de ‘El imperio del sol’ (1987), ‘Inteligencia Artificial’ (2001) o ‘Los Fabelman’ (2022)–; la preocupación por la verdad y por quienes se arriesgan a buscarla, como ocurría en ‘El puente de los espías’ (2015) y ‘Los archivos del Pentágono’ (2017); y, por supuesto, la fascinación por la posibilidad de que no estemos solos en el universo, presente desde ‘Encuentros en la tercera fase’ (1977) hasta ‘E.T.’ (1982) o ‘La guerra de los mundos’ (2005). Todos estos elementos, que han terminado por definir una sensibilidad cinematográfica inconfundible, convergen ahora en El día de la revelación, una película profundamente spielbergiana que queda, no obstante, lejos de las cimas de su carrera.
El motivo reside en la decisión del director de dedicar más de la mitad del metraje a una persecución que se alarga demasiado, que roza el ridículo en ocasiones y que parece, para exasperación del espectador, no conducir a ninguna parte. Aunque el auténtico interés de la película reside tanto en los conflictos interiores de sus dos protagonistas –otra vez dos adultos disfuncionales por culpa de traumas infantiles– como en los dilemas filosóficos que plantea el contacto con los extraterrestres, estas preguntas tardan en ocupar el centro del relato. Solo cuando las respuestas llegan y la emoción comienza a desbordar la pantalla, la película consigue alzar el vuelo. Spielberg firma entonces uno de los mejores finales de su carrera, un desenlace en el que todo encaja y donde su propuesta visual y política revela por fin todo su alcance.
Frente a una sociedad dividida entre quienes abrazan el miedo, la desconfianza y el recelo hacia lo diferente, y quienes defienden la cooperación, la amistad y el entendimiento mutuo, el director toma partido sin ambigüedades por los segundos. El conflicto queda condensado en una magnífica conversación entre el villano de esta historia, interpretado por Colin Firth, y el líder rebelde que pretende revelar a la humanidad aquello que los poderosos han intentado ocultar durante décadas y que cambiará para siempre la percepción que tiene de sí misma y del lugar que ocupa en el universo. Porque la gran cuestión que plantea El día de la revelación no es si existe vida extraterrestre, sino qué sucede cuando un descubrimiento de semejante magnitud irrumpe en una civilización –la occidental– que se ha acostumbrado a pensarse a sí misma en lo más alto de la creación divina. La ocultación de la existencia alienígena se justifica así desde una convicción profundamente paternalista: la humanidad, al no estar preparada para conocer la realidad, debe permanecer protegida en una suerte de infancia colectiva. No deja de ser significativo que Spielberg, un cineasta que ha contado tantas veces el tránsito doloroso de la niñez a la madurez, convierta aquí a la propia especie humana en protagonista de ese proceso de crecimiento que trasciende además el marco de la ficción para interpelar directamente a nuestro presente.
En un mundo como el actual, atravesado por guerras, discursos de odio y el regreso de los nacionalismos excluyentes, y en un país gobernado por alguien que desprecia tanto la verdad como Donald Trump, Spielberg recupera una de las ideas que han vertebrado buena parte de su filmografía: solo la empatía –la verdadera ventaja evolutiva, como se afirma explícitamente en la película– puede salvarnos. Es precisamente esa empatía, y no la superioridad tecnológica o científica, la que convierte a los extraterrestres en seres más avanzados que los humanos, y la que aparece como la única salida posible al estancamiento moral en el que se ha instalado nuestra especie. El día de la revelación articula esta idea a través de una oposición clásica entre razón y emoción –tradicionalmente asociadas a lo masculino y lo femenino–, pues mientras el personaje de Josh O’Connor ha recibido el don de descifrar el lenguaje matemático en el que están escritas las leyes del universo, el de Emily Blunt posee la capacidad de saber ver al otro, de comprenderlo y de reconocerlo como semejante. Y es ella, entonces, la elegida para transmitir el mensaje que los alienígenas tenían para nosotros, tan sencillo que avergüenza constatar hasta qué punto lo hemos olvidado: «escuchad».
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.