Erase una vez una provincia en la que la sensación de entrar a trabajar en Caja España era prácticamente idéntica a la de conseguir una plaza pública. El presente y futuro ya estaba garantizado, aunque el paso del tiempo nos ha demostrado que ese pensamiento era un craso error. Érase una vez una provincia en la que la Obra Social de dicha entidad repartía el maná a diestro y siniestro, inyectando ayudas económicas a todo tipo de proyectos e iniciativas. Erase una vez una provincia en la que Caja España era León y León era Caja España.
Pero como todo buen cuento, no iban a faltar los giros de guión. El primero de ellos fue cuando el toro leonés comenzó a mojar sus pezuñas en las aguas del río Duero en su paso por tierras charras. ¿Se acuerdan del gran debate que se abrió sobre dónde se pondría la sede de la nueva entidad resultante de la fusión de Caja España y Caja Duero y qué territorio tomaría las riendas?¡Qué ilusos fuimos y qué ejercicio de prepotencia! Al final, ni León, ni Salamanca. El toro y el río acabaron encerrados en un armario de Málaga, al igual que la figura que me saludó desde el interior de la vitrina del Palacio de la Bolsa de Oporto.
La última embestida de Unicaja quiere llevarse por delante a más de 1.500 trabajadores, de los que según los sindicatos 118 serán de León, siendo la provincia más afectada de toda la comunidad autónoma. Para que luego nos quejemos de que somos los últimos en todo. Sea cual sea el desenlace final, desde hace ya unos cuantos años el sueño dorado de trabajar en Caja España es un vago recuerdo, al igual que el sentimiento de identidad que había entre el toro y León. El primero de estos dos animales ya pasó por el descabello y el segundo, con mayúscula, camino va de ello. Erase una vez la búsqueda de los culpables de haber llegado a la situación actual… pero eso ya, es otro cuento.
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