Entiendo a los leonesistas que censuran que se junte en un mismo sello a los productos de lo que ellos llaman las tres provincias y a los producidos en Castilla, con imposición de ésta sobre el Reino. También entiendo a los que creen que después de treinta años ‘juntos’ es razonable agrupar a los productos agroalimentarios de cierta calidad en una marca que no todos los empresarios pueden poner por muy de Castilla y León que sean. Y también entiendo que se invite –no que se imponga– a los hosteleros a consumir productos de aquí, tanto por calidad y variedad como por sensatez y libertad para elegir. Pero lo que no entenderé es que un corazón amarillo en el envase –que no se come– sea motivo para empezar a rechazar un buen producto.
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