Jorge Valle

‘El arquitecto’

23/08/2026
 Actualizado a 23/08/2026
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La idea del artista como un genio situado por encima del bien y del mal, una construcción típicamente romántica y decimonónica, ha hecho olvidar en ocasiones que toda obra de arte nace en un contexto político, ideológico y socioeconómico concreto, sin el cual resulta imposible comprender plenamente tanto su concepción como su sentido. Que un artista sea un genio no significa que pueda escapar a las circunstancias que condicionan su trabajo: los deseos de un mecenas, la falta de financiación, los retrasos inherentes a cualquier proceso de creación, las dificultades técnicas o los juegos de poder que se establecen alrededor de una obra, en especial cuando esta nace con una vocación profundamente política. Enfrentar al artista con su contexto, recordar que incluso el más inspirado de los creadores está sometido a fuerzas que no controla, es precisamente lo que hace de manera maravillosa Stéphane Demoustier en ‘El arquitecto’, una película vibrante sobre la concepción y el levantamiento del Gran Arco de La Défense en París.

Demoustier demuestra no solo cómo narrar una historia que, en principio, no parecería especialmente apasionante —la construcción de un monumento—, sino cómo convertirla precisamente en una experiencia absorbente. Lo hace mediante una puesta en escena arquitectónica, valga la redundancia, en la que cada plano parece cuidadosamente pensado y trazado a partir de una compleja geometría de verticales y horizontales que encuadran a los personajes y, especialmente, a su protagonista, Johan Otto von Spreckelsen, el arquitecto danés que ganó el concurso convocado por el Estado francés sin ser conocido y habiendo construido solamente su propia casa y cuatro pequeñas iglesias. Muros a medio levantar, andamios, despachos, grúas y estructuras de hormigón terminan convirtiéndose en una especie de cárcel visual que aprisiona al arquitecto, interpretado con contenida intensidad por Claes Bang, al mismo tiempo que este intenta dar forma a la obra de su vida.

El ritmo, ágil y vibrante, envuelve al espectador en una Francia marcada por la presidencia socialista de François Mitterrand y por las tensiones políticas de la cohabitación con una mayoría parlamentaria de derechas. El Gran Arco no es, por tanto, únicamente el sueño personal de un arquitecto ni un simple proyecto artístico: es también una obra pública atravesada por los cambios de gobierno, los intereses económicos, las rivalidades administrativas y la necesidad de convertir la arquitectura en un símbolo político. El edificio que finalmente se construye no es exactamente el que concibió su autor, sino el resultado de una negociación constante entre una voluntad individual y todas las fuerzas que la rodean. Y quizá ahí resida el mayor acierto de ‘El arquitecto’: en comprender que una obra de arte nunca pertenece por completo a quien la imagina. Spreckelsen puede diseñar el edificio, dibujar sus líneas y soñar con su forma definitiva, pero, una vez que el proyecto abandona el papel, comienza a pertenecer también a los políticos que lo financian, a los técnicos que lo hacen posible, a las instituciones que lo modifican y al tiempo histórico en el que termina por levantarse.
 

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