Una especie de monstruo invisible acabó por invadirlo todo, las calles y las plazas, las cosas y las personas. Nada se podía tocar porque el monstruo estaba ahí, agazapado y omnipresente, como un dios malvado. Ya te explicaré qué es un dios. Para huir de él, todos tuvieron que encerrarse en casa, el último refugio. Con el paso de las semanas, la gente se acostumbró a no salir y a hacer todo desde allí: trabajaban, recibían clases del colegio, hacían deporte, hablaban con los amigos y la familia, tomaban el sol, veían cine… Casi olvidaron que existían la ciudad o elcampo o la montaña… La orilla del mar nunca estuvo más lejos. A veces la gente salía al balcón a gritarle al monstruo o a aplaudir a los que luchaban contra él. Los hubo ridículos (y divertidos), que pretendían burlarlo sacando a pasear perros de peluche o la misma barra de pan todos los días. Hasta hubo un rey que habló por la tele para no decir nada. ¿Sabes qué es una tele? ¿Y un rey?
Cada poco las autoridades pedían que se aguantara más tiempo en casa hasta vencer al monstruo, que se paseaba por las calles vacías buscando incautos. En las calles solo había silencio, tristeza y el monstruo. Cuando al fin se aburrió y se fue, todos pudieron salir, aunque hubo gente que continuó llevando máscaras y guantes y no se acercaba a saludar. Una vez se instala, el miedo se agarra fuerte. Las cosas volvieron a ser como eran, pero algo había cambiado. La gente se había dado cuenta de lo que importaba y de lo que no. Como no encontraba víctimas, el monstruo se había comido muchas tonterías que preocupaban a la gente. Quizás no era un monstruo tan malvado, después de todo. Y colorín colorado…
¿De verdad que así fue todo, abuelo? Verás, así me lo contaron a mí cuando era pequeño, aunque ya sabes que mi memoria no es buena.
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