10/09/2026
 Actualizado a 10/09/2026
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León se está convirtiendo en la provincia de las «balsas»; y no me refiero a las balsas que había en todos los ríos de la provincia y que enseñoreaban el paisaje que daba gusto verlo: estas nuevas, por desgracia, sólo nos traen problemas. Ya os he hablado de las decenas de balsas que se han construido y se están construyendo para regar a cuentagotas los campos de maíz de unos lugares que están abandonados de gente y que cuestan millones de euros; también os quiero hablar de las de lodos, que inundarán de mierda todos los rincones de la provincia. Unas ya son antiguas, las provenientes de la intensa actividad minera que tuvimos, dónde se acumulaban los residuos y los lodos del lavado del carbón. Tras el cierre de las minas, la mayoría se encuentran en procesos de restauración ambiental o abandonadas. Las de Santa Lucía de Gordón, por ejemplo, son objeto de polémica por los intentos de reconvertirlas en lagunas o cotos de pesca sin haber completado adecuadamente su restauración medioambiental. Luego están las plantas y balsas (macroproyectos sin sentido), de tratamientos y almacenamientos de lodos de depuradoras para uso agrícola o producción de compost. Una de las mayores la quieren hacer en Reliegos  y otra, también enorme, en Santiagomillas. Además de estas, extraordinarias en su tamaño, están en proyecto otras más pequeñas, pero igual de nocivas. En la charla de Cistierna, una de las intervenciones más aplaudidas fue la que hizo una vecina de la Cepeda...; la lástima es que no dijo de que pueblo era, pero dejó claro que su lucha era como la de Don Quijote contra los molinos de viento...; en su pueblo, la llamaban «la tarada». No penséis que El Bierzo se libra de todas estas movidas, porque también allí están proyectando estupideces del mismo calibre que en el resto de la provincia, aunque los tontos del haba que los consideran «gallegos» o «gente del mal allá», no se enteren..., o no se quieran enterar. León, como os dije la semana pasada, es un erial, un cementerio, un pozo que no tiene fondo, por desgracia. Una de las mejores anécdotas de las charlas de La Vecilla y de Cistierna, fue la que contaba que Julio Llamazares, hablando con algún paisano de la montaña y le pidiéndole su opinión sobre estas salvajadas, envueltas en papel de regalo con lazo y todo, fue contestado con un sublime «si es algo bueno, no lo harían aquí». Esta frase, además de demostrar un fatalismo desesperante, nos dice a las claras lo que pensamos la mayoría de la gente que vivimos, todo el año, en este reducto de la «España vaciada»: no podemos, ni queremos, esperar nada bueno de ninguna administración. Bueno, la verdad es que nada bueno ni malo, tal es la desconfianza de todo lo público que tenemos. Hace seis o siete años (¡como pasa el puñetero tiempo!), os conté en estas mismas líneas la reconversión que se realizó en las Tierras Altas de Escocia: de perder habitantes durante más de dos siglos, a ganarlos en los últimos veinte años: se unieron. Dejaron a un lado todas sus diferencias para crear proyectos atrevidos que revertieron el mal. ¿Sabéis lo primero que hicieron? No admitir políticos en ninguno de sus proyectos. Sí hicieron caso a las propuestas y consejos que hizo la Universidad de Aberdeen y se produjo el milagro: los pueblos perdidos, abandonados de la mano de dios, empezaron a recibir habitantes, nuevas formas de economía solidaria. Es, bajo mi punto de vista, un referente, un envidiable ejemplo en el que nos podemos mirar para abandonar el citado fatalismo y llegar a la conclusión que unidos somos poco menos que invencibles. Ya sabemos todos, por desgracia, como acaban todas las iniciativas de de las «mesas por el futuro», en la que liaron para ser su cabeza visible a una de las políticas más honesta de esta fauna, natural de Secos del Condado, que se hicieron en León: cinca de mano, porque están dominadas por los políticos, animales sin formación y sin futuro. Ya que aquí tenemos una Universidad que no es de las peores de España, saquémosla provecho, que para eso la pagamos entre todos los habitantes que aquí dejamos los impuestos. Seguro que en esta institución hay gente con dos dedos de frente y con ganas de hacer algo más que dar clase a estúpidos que creen que «ánima» significa otra cosa distinta a «alma». Y, sobre todo, como ya dije el jueves pasado, salid y protestar contra todos estos proyectos demenciales que orbitan sobre nuestras cabezas: no podemos, ni debemos, rendirnos porque significaría que estamos muertos. Salud y anarquía.

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