03/09/2026
 Actualizado a 03/09/2026
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Uno siempre barruntó que este asunto de la «transición ecológica» era una especie de cuento bien contado; pero, como uno también se reconoce analfabeto en estas y otras cuestiones de gran calado, no lo entendí hasta que en el mes de agosto pasado acudí a dos charlas, una en Cistierna y la otra en La Vecilla, dónde gente que sí sabía de lo que hablaba, me dejaron, además de perplejo, la mente abierta para conocer todo el intríngulis que se manejan en este asunto que influye de manera decisiva en nuestra vida.

Lo primero que aprendí es que esa transición al verde no tiene un motivo ideológico como nos quieren hacer creer: se hizo porque el petróleo, el gas natural o el carbón se están agotando a marchas forzadas; si seguimos con el consumo actual, durarán cincuenta años más y, después, kaput; y el mundo capitalista es tan depravado que tuvo que buscar alternativas al menos igual de rentables. Pero no ha sido así, mayormente porque este tipo de energías no igualan el poder de las extractivas, por lo que han apostado todo a otras que aúnan (según ellos), a las dos anteriores: biogás/biometano y biomasa; y no olvidemos a la energía nuclear, que, según la Unión Europea, es, de la noche a la mañana, también verde.

El caso es que todo esto que os cuento es un cuento en abstracto, que seguro que queda divinamente en las conciencias de los ecologistas de salón que inundan nuestros medios de comunicación; pero, si vamos a lo concreto, a lo que le puede pasar a esta provincia en la que vivimos, la resultante es aterradora. En Vidanes, por ejemplo, quieren construir una planta de Biogás monumental, grande como un circo de tres pistas; el caso es que el combustible para hacerla funcionar lo van a traer en camiones desde media España y desde Europa, porque, aunque aquí tengamos combustible a esgalla, sería insuficiente para mantener una planta de ese calado. Otra brillante idea es hacer, en algún lugar entre Cistierna y Riaño, una mina de fosfatos a cielo abierto. Supongo que casi todos los que me leéis habréis pasado por estos lugares alguna vez en la vida: son espectaculares, dignos de ver y de admirar, majestuosos, en una palabra...; con esta movida desaparecerían sin lugar a duda. Además, el fosfato que se extrae necesita un tratamiento a base de ácido sulfúrico (o ácido clorhídrico, no estoy seguro), para extraer el producto final que se usa de fertilizante en agricultura. Ese tratamiento genera «fosfoyeso», un subproducto radioactivo y muy peligroso para los ecosistemas acuáticos si se filtra. A modo de ejemplo, en Florida, dónde hay varias minas de esta película, el cuarenta por ciento de la población, unos diez millones de habitantes, consume agua contaminada por culpa del «fosfoyeso». Y la última, de la que me enteré en La Vecilla, es que, los de siempre, quieren construir una Macro central hidroeléctrica de bombeo reversible. La cosa es como una gran batería, acumulando agua en dos niveles para generar y bombear electricidad. Está previsto un máximo de mil trescientos litros por segundo, lo que equivale a una quinta parte del caudal medio del río Curueño, que, ocho meses al año, viene seco. Esta monstruosidad va acompañada de una pared de cincuenta metros de hormigón en Correcillas y otra de veinte metros en Valdorría.

A diferencia del paraje entre Riaño y Cistierna, este rincón de la montaña central leonesa es mucho menos conocido, lo que no quita que sea tan maravilloso como el que se encuentra a orillas del Esla. En un lugar paradisiaco, increíblemente hermoso, coronado por la ermita de San Froilán, que reúne el primero de mayo a cientos de leoneses ávidos de poder vivir en primera persona uno de los lugares con una naturaleza más salvaje de la provincia.

Ellos, quién sean, han decidido que León es un erial, una provincia despoblada por la que no vale la pena luchar. Y se equivocan...; a poco que nos quede una miaja de orgullo, tendríamos que salir a la calle a reivindicar que León también existe, como Teruel, y que vale la pena luchar por lo que es nuestro, por nuestras raíces, por nuestros pueblos, por el lugar en el que lucharon y sobrevivieron nuestros padres y nuestros abuelos. Si no lo hacemos, si nos quedamos de brazos cruzados, nos lo quitarán todo, por lo que nos convertiremos en los parias de la nación, en los apestados que los madrileños, los vascos o los asturianos visitan para mamarse en un fin de semana pantagruélico...

Salud y anarquía.

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