Hace días que pensaba escribir sobre los eclipses, pero hoy tengo la mente eclipsada por la muerte inesperada de Conchi y Begoña en Manzanedo de Valdueza. Hace cuarenta años que conozco a Conchi, compañera en varios centros de enseñanza. Era la bondad personificada, y nunca hemos perdido el contacto y el afecto mutuo. Aun me cuesta creer lo que ha pasado. Descansen en paz y desde el cielo intercedan por la paz en sus familias.
Cuando la luna, mucho más pequeña que el sol, se pone delante del astro rey, es capaz de producir oscuridad, aunque sea por poco tiempo, en determinados lugares. Así lo hemos podido comprobar algunos españoles el doce de agosto. Mi abuelo paterno, a principios del siglo XX, mientras subía al monte con el carro y las vacas, quedó totalmente sorprendido al ver que de repente se hizo de noche. Antes no se avisaba como ahora.
En otro orden de cosas, podríamos decir que hay eclipses que suceden constantemente. Así, por ejemplo, aunque no cesan de aparecer noticias sobre los casos de corrupción y procesos judiciales a nuestros gobernantes, de vez en cuando sale una noticia que parece que lo va a tapar todo, sean los mundiales de futbol, los incendios, los terremotos y otras catástrofes, áticos famosos, la invasión de Ceuta… Pero no dejan de ser simples eclipses que no logran hacer desaparecer la cruda realidad.
Hay otros eclipses bastante más preocupantes, puesto que son más duraderos que los breves eclipses solares. Entre ellos cabría destacar el eclipse de la verdad, también el de la honradez, o el del buen gusto. Hoy tenemos muchísimos más medios de comunicación, hace muy pocos años inimaginables, gracias a los avances de la tecnología. Todo el mundo puede no solo opinar, sino hacer que sus opiniones lleguen a cualquier parte del globo terráqueo, pero sembrando en muchos casos mentira y tergiversación de la verdad, que es eclipsada. Y si esto ocurre por parte de los responsables de gobernar la sociedad, a base de mentiras, los efectos son letales.
Muchísimo más grave es el eclipse de Dios. Dios, como el sol, no deja de existir, aunque haya quien intente ponerse delante para ocultarlo, pero ese ocultamiento tiene unas consecuencias desastrosas. Lo estamos comprobando. El problema no es solamente que se niegue a Dios, sino que el ser humano tenga la arrogancia de considerarse él como un dios que puede obrar a capricho. Y, para terminar, hablemos de las gafas, tan necesarias para no sufrir daños. El problema es que algunos no se quitan nunca las gafas y están como ciegos.
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